• martes, 21 de noviembre de 2017.

Pues bien, yo necesito decirte Rosario de la Peña y Llerena que eres la Musa de México

Por: Carmen Lugo Hubp

En el sitio en el que actualmente se levanta el Palacio de Bellas Artes, a mediados del siglo XIX se encontraba la plaza y el convento de Santa Isabel, derribado en 1855 para dar paso al Zócalo con la Alameda.

En ese sitio residieron don Juan de la Peña y su esposa Margarita Llerena, apreciados por la cerrada sociedad de aquel México que apenas despertaba del letargo colonial y ansiaba convertirse en un país independiente y moderno.

En la casona de la Plaza Santa Isabel se celebró durante varias décadas la más célebre tertulia literaria que haya tenido lugar en el país. La rica biblioteca familiar, un acervo reunido a lo largo de dos siglos y enriquecido con el legado de los ancestros, juristas, bibliófilos e historiadores de la literatura novohispana, fue el atractivo de las reuniones literarias a las que acudían anticuarios, literatos, estudiosos de la minería, diplomáticos y viajeros ilustres de paso por México. 

En 1866 el centro de la tertulia era la tercera de las hijas de la pareja: Rosario de la Peña y Llerena, nacida en 1847, una talentosa muchacha de 19 años, heredera de un apreciado patrimonio cultural y político. Precursores de la Independencia y próceres culturales fueron sus ancestros, entre los cuales destacaba el dramaturgo Manuel Eduardo de Gorostiza, impulsor de la educación laica, las bibliotecas públicas y la honestidad administrativa. 

[...] La joven Rosario se había convertido en un ícono, en la musa de la que los hombres de letras se enamoraban apasionadamente. Por algo se recuerda al siglo XIX como el siglo del Romanticismo.

La Generación de la Reforma en pleno acudía religiosamente a la tertulia. La encabezaba Ignacio Ramírez, el "Nigromante"; secundado por Ignacio Manuel Altamirano; Francisco Zarco; Irineo Paz; Justo Sierra; Juan José Baz; Juan A. Mateos; Vicente Riva Palacio; José María Iglesias y Juan de Dios Peza. También acudían Agustín F. Cuenca, José Rosas Moreno, Porfirio Parra, Francisco Sosa, José Peón Contreras y, décadas más tarde, Manuel José Otón y Luis G. Urbina.

El Parnaso Mexicano dejó constancia de su admiración por Rosario de la Peña en el álbum de concha nácar que le obsequió el más constante de sus enamorados: Ignacio Ramírez, el "Nigromante": "Ara es éste álbum, esparcid cantores, a los pies de la diosa incienso y flores..."  

[...] Manuel Acuña, de 23 años y originario de Saltillo, Coahuila, estudiaba medicina. Con dos obras de teatro y un libro de poemas había obtenido la consagración nacional como escritor y poeta de altos vuelos. Pretendía a Rosario, lo mismo que los escritores que frecuentaban la tertulia de Santa Isabel.

Una mañana de diciembre de 1874, Manuel Acuña acudió exaltado en busca de su musa. Ella no se encontraba en su casa. Ahí escribió el Nocturno a Rosario, una de las poesías más conocidas de la lengua castellana. Acto seguido se quitó la vida. 

México entero se conmocionó. Una promesa de gloria literaria se perdía en plena juventud. Los compañeros de Acuña reprocharon a Rosario la muerte del bardo. En Francia, en España y en Chile se publicaron diatribas contra ella... a pesar de que Rosario declaró en varias entrevistas que nunca alentó los sentimientos del poeta. Por las memorias de sus íntimos, Juan de Dios Peza y Justo Sierra, se sabía que Acuña era un hombre depresivo, con serios problemas de salud, graves carencias económicas y traumas de infancia. Varios hermanos suyos también se suicidaron. 

El único de sus admiradores que lograba despertar en Rosario de la Peña una pasión genuina fue el poeta poblano Manuel María Flores... El noviazgo duró once años (1874-1885). La familia de la Peña aprobaba esa relación, pero veían con preocupación que el poeta poblano no se decidiera a fijar fecha para la boda. Manuel María Flores argumentaba oscuros empleos judiciales en la Sierra de Puebla y deudas impagables. Lo cierto es que tiempo atrás había contraído una enfermedad de transmisión sexual progresiva y mortal. Primero perdió la vista, luego el cabello, después sobrevino la hidropesía y finalmente llegó la muerte. A los 36 años, Rosario de la Peña había quedado anímicamente devastada y nunca más volvería a enamorarse. 

Prosiguió, sin embargo, la tertulia. Los poetas siguieron escribiendo para ella los más inspirados sonetos de amor y ella siguió recibiéndolos a todos en su casa de la Plaza de Santa Isabel. 

[...] Más de quince poetas, caballerosos, le propusieron matrimonio. Encabezaba la lista su eterno enamorado, Ignacio Ramírez, el "Nigromante", quien también escribió poemas inspirado por esta musa. Un poeta peruano, de paso por México, la describió como una belleza morena, alta y erguida, hermosa y atractiva... con la majestad de una princesa reinante. El cubano José Martí fue otro de los enamorados de Rosario, como se puede ver en las cartas que escribió para ella: "Rosario: Si pienso en Vd., ¿por qué he de negarme a mí mismo que pienso? Hay un mal tan grave como el de precipitar la naturaleza; es contenerla a Vd. Se van mis pensamientos ahora; no quiero yo apartarlos de Vd. [...] Rosario, me parece que están despertándose en mí muy inefables ternuras; me parece que podré yo amar sin arrepentimiento y sin vergüenza; me parece que voy a hallar una alma pudorosa, entusiasta, leal, con todas las ternuras de mujer, y toda la alteza de mujer mía . Mía, Rosario. Mujer mía es más que mujer común..." 

 

Esta publicación es un resumen del artículo “La Musa de México. Rosario de la Peña y Llerena", de la autora Carmen Lugo Hubp, que se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 21. Para nuestros amigos que deseen leer completa la historia de Rosario de la Peña y adquirir un ejemplar, les dejamos esta liga: http://raices.com.mx/tienda/revistas-santa-anna-y-la-diosa-fortuna-REH021