• martes, 23 de abril de 2019.

¿Trabas a la ciencia en el gobierno?

Por: Consuelo Cuevas-Cardona

 

Las polémicas decisiones de Olegario Molina, cacique del henequén en Yucatán y último secretario de Fomento porfiriano

 

 

Durante la última etapa del Porfiriato, en mayo de 1907 el gobernador de Yucatán, Olegario Molina, uno de los oligarcas de la industria del henequén, fue nombrado secretario de Fomento. Las arbitrariedades cometidas por este cacique han quedado registradas como parte de la historia de México en numerosos libros y artículos periodísticos.

 

En El Diario del Hogar del 6 de agosto de 1907 se dice, por ejemplo, que Yucatán vivía una crisis terrible debido a las leyes que Molina había impuesto para exigir fuertes contribuciones a los agricultores. Un año antes, en El Colmillo Público del 20 de mayo, se había dado a conocer que tenía a varios periodistas encarcelados. En este periódico no lo bajaban de “esclavista” y con razón, pues mucha de su riqueza se había debido a la explotación que hizo de los indígenas por años.

 

Se dice que logró tener más de seis millones de hectáreas, mismas que había robado a numerosos pueblos. En varias notas de El Diario del Hogar de abril y mayo de 1909 se informó que el flamante funcionario se había adjudicado 2 179 hectáreas en las que estaban incluidos tres pueblos mayas y dos ranchos. La justificación de ello fue el supuesto de que eran tierras baldías, puesto que los pobladores no habían demostrado la legitimidad de las escrituras de propiedad.

 

Un observador extranjero, el periodista John Kenneth Turner, escribió en su libro México bárbaro: “El principal entre los reyes del henequén de Yucatán es Olegario Molina, exgobernador del estado y secretario de Fomento de México [...] Los esclavos son 8 000 indios yaquis, importados de Sonora; 3 000 chinos (coreanos) y entre 100 y 125 000 indígenas mayas, que antes poseían las tierras que ahora dominan los amos henequeneros”.

 

Desinterés por la ciencia

 

La Secretaría de Fomento era la encargada de coordinar la mayor parte de los trabajos científicos impulsados por el gobierno mexicano. Muchos ministros del ramo fueron hombres ilustres inmersos en el campo de las ciencias. El primero nombrado como tal, en 1853, fue Joaquín Velázquez de León, director y profesor del Colegio de Minería y miembro de la Sociedad de Geografía y Estadística. Otro de los muchos que hubo fue Vicente Riva Palacio, quien durante su periodo fundó el Observatorio Astronómico, el Meteorológico y la Comisión Geográfico-Exploradora, tres instituciones que tendrían un fuerte impacto en el desarrollo de la ciencia en el país. Olegario Molina, por su parte, no mostró mucho interés en la actividad científica, como se verá a continuación.

 

Desde 1854 la Secretaría de Fomento había contado con una publicación en la que se informaba de los avances que se habían tenido año con año en materia científica, las propuestas de patentes, la construcción de obras públicas y el desarrollo de la industria. Desde sus páginas se hacían llamados a la población para recibir distintos apoyos. Así, cuando se fundó el Observatorio Meteorológico Central en 1877, se convocó para formar un grupo de observadores voluntarios y poco a poco se formó una red meteorológica en todo el país; y en 1893 se solicitó a todos los municipios que eligieran un día al año para establecer una fiesta durante la cual hubiera plantaciones de árboles, a fin de establecer una costumbre cuyo beneficio fuera la repoblación de bosques y arbolados.

 

Gracias a lo que se llamó Anales de Fomento, Memorias de Fomento o Boletín de Fomento, los lectores podían enterarse también de los trabajos que desarrollaban los distintos departamentos de la secretaría. Por ejemplo, en 1885 se dieron a conocer los avances de la Comisión Geográfico-Exploradora, que para entonces ya había conformado la carta general de los estados de Puebla, México, Morelos, Hidalgo y Tlaxcala, los cuales habían sido completamente recorridos y medidos.

 

Asimismo, en 1900 se dieron a conocer en sus páginas los preparativos y las obras que se llevarían a la gran Exposición Universal de París, en la que participaron los institutos Médico y Geológico, el Departamento de Pesas y Medidas, los observatorios y las comisiones de exploración. En 1901 también se pudo saber que en el Observatorio Astronómico de Tacubaya se había contratado a un grupo de señoritas, de “conducta excelente” y “pertenecientes a familias respetables”, para colaborar en la conformación de un proyecto internacional llamado Carta del Cielo, que debía incluir las magnitudes y coordenadas de las estrellas más brillantes captadas por diferentes telescopios situados en diferentes partes del mundo.

 

La información proporcionada de 1854 a 1908 llenó cientos de páginas de dicha publicación y es difícil describirla a plenitud; baste decir que tuvo un gran valor mientras existió y que actualmente es una fuente de datos inestimable para la historia de la ciencia en México. Por desgracia, cuando Olegario Molina llegó de ministro terminó con ella. El 29 de junio de 1909 firmó un acuerdo en el que la dio por terminada con todo y sus folletos de agricultura, minería y metalurgia, industrias nuevas y datos industriales, trabajos de comisiones e institutos científicos, colonización, congresos y exposiciones. A partir de entonces, la publicación se dedicaría únicamente a dar a conocer leyes, decretos, circulares y acuerdos.

 

Fragmentación del Instituto Médico Nacional

 

Después de unos meses de haber sido nombrado, Olegario Molina decidió que el Instituto Médico Nacional debía pasar a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes y dejar de depender de Fomento, debido a que se ocupaba de la flora medicinal y estaba más relacionado con la Escuela de Medicina. Con esto se le reducía el presupuesto, pero eso no era todo. Hasta entonces, dicha institución había estado organizada en secciones estrechamente relacionadas. En la de Historia Natural se identificaba a las plantas; en la de Química Analítica se les examinaba para saber cuáles de sus compuestos tenían propiedades curativas; en la de Fisiología Experimental se estudiaban los compuestos medicinales obtenidos en animales de laboratorio, y en la de Terapéutica Clínica se aplicaban los medicamentos descubiertos en enfermos hospitalizados.

 

La coordinación entre los diferentes departamentos provocó la admiración de científicos de otros países, quienes escribieron a Fomento para señalar que no existía otro centro de investigación igual en el mundo. Sin embargo, al pasar el organismo a otra dependencia, se decidió que el área de Fisiología Experimental debía dedicarse ahora a determinar los promedios anatómicos y funcionales de los niños mexicanos desde su nacimiento hasta los catorce años. La sección completa, con su personal, muebles, aparatos e instrumentos pasó a formar parte de la Inspección de Higiene Escolar. Este hecho, que tal vez favoreció los estudios antropológicos, deshizo la estructura de la institución, la cual vio completamente afectada su organización.

 

El Instituto Médico Nacional había tenido varios logros hasta entonces. En un informe de 1903, su director Fernando Altamirano, al hacer un recuento de lo hecho, señaló que se contaba con un herbario con cerca de diez mil muestras y un museo en el que se tenían más de dos mil ejemplares de compuestos vegetales curativos con referencias que podían encontrarse en la biblioteca. Aparte, en aquel año, después de haber estado instalado en una vecindad, había estrenado por fin un edificio propio para la investigación en la calle de Balderas esquina con Ayuntamiento (hoy Archivo Histórico y Biblioteca Central del Agua), en Ciudad de México.

 

Lo injusto de la decisión de Molina puede observarse en el siguiente detalle: en la misma publicación en la que se dio a conocer el cambio de adscripción apareció una nota muy elogiosa sobre el descubrimiento de la cera de la candelilla (Euphorbia cerifera) hecho en el Instituto Médico Nacional. Una muestra de esta había sido llevada a la Feria Anual de San Antonio, en Texas (EUA), y había llamado mucho la atención de “individuos prominentes”, pues era la primera vez que se veía el producto en Estados Unidos. Esta cera y el hule producido por el guayule (Parthenium argentatum) fueron descubrimientos relevantes para la industria, ya que en el Médico Nacional también se estudiaban las plantas que pudieran ser aprovechadas para este fin.

 

 

Esta publicación sólo es un extracto del artículo "Trabas a la ciencia" de la autora Consuelo Cuevas-Cardona que se publicó en Relatos e Historias en México número 127. Cómprala aquí