¿Por qué pasan los sismos y no se cae la Torre Latino?

Ricardo Cruz García

 

Para la edificación de la Torre Latinoamericana, por supuesto, había un terrible obstáculo: la alta sismicidad de la zona. Esto llevó al ingeniero Leonardo Zeevaert a hacer estudios del subsuelo y pruebas tanto en el sitio donde se levantaría el rascacielos como en sus alrededores, incluida el área de la Alameda. Su proyecto de cimentación consistió en clavar 361 pilotes de concreto con fundas de acero que llegaran a 33 metros bajo tierra sobre el nivel de la banqueta. A esa profundidad se encontrarían con la capa de arena compacta que pudiera resistir las alrededor de 24 000 toneladas de peso de la construcción.

 

Aparte, a 13.5 metros, sobre los pilotes, se pensó en asentar un grueso cimiento de concreto en forma de cajón, lo cual permitiría que la torre “flotara”, como si fuera el casco de un barco, entre el agua y la arcilla que componen el manto freático. Allí se dispondrían los sótanos. Lo anterior se complementaría con un sistema hidráulico que posibilitara la inyección de agua bajo la cimentación, con el fin de generar una fuerza de empuje en caso de que fuera necesario frenar alguna inclinación de la torre. También se consideró una losa movible en la planta baja, la cual podría descenderse para contrarrestar el conocido hundimiento de la ciudad y hacer que quedara de nuevo al ras del suelo.

 

Para erigir un enorme esqueleto de acero al que los terremotos hicieran lo que el viento a Juárez, Leonardo Zeevaert tuvo la asesoría del estadounidense Nathan M. Newmark, considerado uno de los padres de la llamada ingeniería sísmica y quien siempre se mostró orgulloso de su trabajo en la Latino. El que fuera el único extranjero entre profesionistas egresados de la UNAM, precisó los modos de vibración del futuro edificio en caso de un temblor. Por su parte, el ingeniero Eduardo Espinoza supervisó los cálculos estructurales y el montaje adecuado del armazón.

 

Bethlehem Steel Corporation, uno de los mayores fabricantes de acero en el mundo y que había suministrado esa materia prima para la construcción del famoso Empire State en Nueva York, fue el proveedor de la Latino, aunque en un principio la compañía estadounidense reprochó que la obra tuviera elementos mecánicos de diseño demasiado elevados. Pese a ello, la elección de un tipo de acero ligero y resistente permitió que la torre pudiera ambicionar picarle el ombligo al cielo.

 

Augusto H. Álvarez enfrentó el inmenso desafío de proyectar el diseño arquitectónico bajo la consigna de realizar una fachada solo de vidrio y aluminio, así como mantener los acabados y muros interiores separados de la estructura, condición importante dentro del proyecto antisísmico.

 

Entre los “detalles” que dieron aún más realce a la construcción, estuvo la colocación, al rojo vivo y a alturas que a muchos harían temblar, de miles de remaches que tuvieron la función de amarrar el esqueleto de acero; el uso de doble cristal, dividido por aire seco –el que no contiene vapor de agua–, en la fachada como aislante térmico y acústico; o el recubrimiento de las columnas con fibra de vidrio contra incendios. También aquí, por primera vez en la historia mexicana, se instaló un sistema hidráulico totalmente con tubería de cobre. En suma, se trató de un portento ingenieril y arquitectónico que desde su edificación se convirtió en un orgullo nacional.

 

 

Si quieres saber más sobre este emblemático edificio de Ciudad de México busca el artículo completo “Torre Latinoamericana”, del autor Ricardo Cruz García que se publicó en Relatos e Historias en México número 118Cómprala aquí.