Las graves consecuencias del duelo a muerte entre Ireneo Paz y Santiago Sierra

Honor y libertad de imprenta en 1880
Ricardo Cruz García

 

En nuestra página web, normalmente compartimos un extracto de los artículos que aparecen en la versión impresa de Relatos e Historias en México, pero en esta ocasión les compartimos el artículo completo “Honor y libertad de imprenta. Las graves consecuencias del duelo de Ireneo Paz y Santiago Sierra en 1880”. Es realmente interesante, no se lo pierdan. 

 

 

El cadáver fue encontrado en los alrededores de Tlalnepantla hacia las nueve de la mañana del martes 27 de abril de 1880. Los registros de la policía señalaron que la causa de la muerte había sido una bala que atravesó la sien. El joven difunto, identificado como Santiago Sierra, fue trasladado a las oficinas de la autoridad judicial de esa población. Por la noche, junto con dos de sus familiares, entre ellos su hermano Justo, el cuerpo ya se hallaba en la estación de ferrocarril de Toluca. A la mañana siguiente fue sepultado en el panteón de Dolores de Ciudad de México. La práctica del duelo había cobrado una víctima más.

 

Mientras tanto, en Tlalnepantla estaban detenidos los principales participantes en el hecho: el editor, escritor y periodista Ireneo Paz, el otro duelista; sus padrinos, Dr. Ignacio Martínez y general Bonifacio Topete; y los de Sierra, Lic. Jorge Hammeken y Eduardo Garay.

 

Al día siguiente, luego de un exhorto de la Cámara de Diputados, fueron puestos en libertad Paz, Martínez y Garay debido a que contaban con fuero constitucional por ser legisladores. Finalmente, el 1 de mayo el juzgado de Tlalnepantla dio por terminado el asunto sin ejercer sanción penal ni llegar a una resolución de fondo, además de liberar a los involucrados que aún estaban presos: Topete y Hammeken.

 

La lucha electoral

 

Estamos en 1880 y las elecciones presidenciales son el principal tema en la mayoría de los periódicos de Ciudad de México. Han pasado poco más de tres años desde que Porfirio Díaz tomó el mando del país, tras encabezar la rebelión de Tuxtepec iniciada en enero de 1876 contra el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada. Es momento de que su grupo se afiance en el poder y lo quiere hacer mediante uno de sus más cercanos colaboradores: el general Manuel González.

 

El camino no será fácil, pues varios de los que lo siguieron en la rebelión tuxtepecana ahora están en la oposición. Entre ellos, Ireneo Paz, quien se dice redactor del plan de lucha que llevó a Díaz al poder y funge como director del diario La Patria, fundado en marzo de 1877, y de El Padre Cobos (1869-1880).

 

Los otros aspirantes de peso a la presidencia son el bogado Justo Benítez y el general zacatecano Trinidad García de la Cadena, que si bien habían respaldado la rebelión de Tuxtepec, ahora ven en González al candidato oficial apoyado por el gobierno.

 

Las elecciones de 1880 también pusieron en el escenario a una nueva generación de intelectuales en México, cuyos miembros tuvieron al positivismo como doctrina y más tarde serían conocidos como los Científicos, un término acuñado por el propio Paz. En este grupo que más tarde desplazaría a los tuxtepecanos en el gobierno porfirista, destacaban los jóvenes hermanos Sierra: Justo y Santiago, ambos del equipo del periódico La Libertad, fundado en enero de 1878.

 

La Patria apoyó la candidatura de García de la Cadena, quien había luchado junto a Díaz y Paz contra la invasión francesa iniciada en 1862. Por su parte, La Libertad estaba bajo la dirección de Justo Sierra y, si bien no manifestó explícitamente su adhesión a González, siempre mostró su apoyo al gobierno porfirista como una forma de preservar el “orden y progreso”, frase que era el lema del periódico.

 

La disputa

 

Todo empezó en abril. El día 2, La Libertad opinó que el director de La Patria “todo lo que es se lo debe el general Díaz”. La réplica llegó el domingo 4 con una larga lista de lo que, según el diario que apoyaba a García de la Cadena, Paz le debía al presidente: “once años de sacrificios y de persecución”; “cuatro prisiones”; los peligros que enfrentó en “diez y siete combates”; “treinta viajes” por la República haciendo “trabajos” para la causa; la redacción de nueve “periódicos porfiristas”, “sin contar las proclamas, planes, hojas sueltas, boletines de campaña”, entre otros; estar a punto de ser fusilado en dos ocasiones; ser desterrado y perder “catorce mil pesos” a consecuencia de ello, aparte del “deterioro” que sufrió su imprenta y el “perjuicio” a sus publicaciones. Añadía: “¿Qué ha recibido en recompensa? Ireneo Paz no tiene en su poder ni siquiera una tarjeta del general Díaz en que le diga: ‘Mil gracias’”, a pesar de haber sacrificado su “familia, intereses, porvenir, posición, todo”.

 

El 6 de abril La Libertad contestó: “[Paz] se ha elogiado modestamente en La Patria para demostrarnos que no es ingrato con el Presidente la República. […] Él es mucha cosa y olvida que el general Díaz, movido a la lástima, le concedió una credencial para encubrir la vergonzosa nulidad de su gran amigo, que hoy por un plato de lentejas sirve a la causa cadenista”.

 

Esta fue la gota que derramó el vaso para que Paz pidiera una satisfacción a su honor al que, según supo, era autor de esas graves ofensas: Santiago Sierra, de quien decía era conocido como “la Divina Simona” y no había dado señales de ser hombre. Para asegurarse de la identidad del escritor del texto, los diputados Adolfo Obregón y Roberto Esteva, representantes de Paz y quienes evidenciaban el capital social que le daba respetabilidad al director de La Patria, acudieron a La Libertad y se les dijo que el autor había sido Agustín Cuenca, “un hombrecillo –dijo Ireneo– a quien no conozco más que por su voz y sus maneras afeminadas” (la masculinidad era un sentimiento ligado al honor).

 

Debido a que Paz y Cuenca, así como sus respectivos representantes, pertenecían a una “Asociación” (nunca se dice cuál, pero el periódico La Voz de México supuso que se refería a la masonería) cuyos estatutos prohibían a sus miembros batirse en duelo o apadrinar alguno, se les recomendó acudir al “tribunal competente” para resolver el caso.

 

Después de ires y venires, varios cambios de padrinos –que rehuían participar en un conflicto que llegara al duelo y se inclinaban porque se resolviera por la vía legal–, numerosas pláticas y sin poder llegar a ningún acuerdo, Paz decidió hacer “lo que a su derecho convenga” y finalmente el 25 de abril publicó: “no volveré a perder el tiempo buscándolos [a Sierra o a Cuenca] inútilmente, ni molestaré a mis amigos para que sujeten a las leyes de la caballerosidad a quienes no las conocen, pues desde hoy me considero autorizado para reprimir de otro modo la insolencia de los que, intrépidos para manejar el insulto y la diatriba en el bufete, son pusilánimes ante las reglas que en sociedad tiene el honor establecidas”.

 

En aquellos años, los hombres públicos se enfrentaban al dilema de acogerse a las leyes del honor o someterse a los tribunales. Muchos se inclinaban por los lances, en un medio en que se reprochaba la inutilidad de acudir a un juzgado que, en la mayoría de los casos, decidía no castigar a los acusados de difamar o calumniar. Recordemos que desde 1861, con la Ley de Imprenta o Ley Zarco, se había establecido que este tipo de delitos quedarían en manos de tribunales especiales en un proceso que implicaba dos instancias: un jurado popular que calificaba si se había cometido o no un delito y otro que dictaba la pena; esto con el fin de evitar abusos de las autoridades y el constante encarcelamiento de periodistas, aunque la medida también provocó cuestionamientos sobre su mínima eficacia.

 

El duelo

 

Las cartas estaban echadas. Una cuestión que derivaba de una pugna electoral se había vuelto personal y los hombres tenían que salir a defender su honor. Así que, al día siguiente, 26 de abril, Sierra y Cuenca respondieron. Santiago tituló su texto “Un miserable que se llama Ireneo Paz”: “Este sujeto se ha honrado insultándome […]; yo no le honro ni con mi desprecio […] La Libertad se imprime frente a la imprenta de la Patria; si el títere indecente a quien nos referimos quiere alardear de hombre, ya sabe que no tiene mucho que andar para encontrarnos, a cualquiera de los redactores de La Libertad, y en particular el que firma”.

 

Cuenca siguió en tal tono con su nota “Al mismo zángano”: “Sepa este galancete de la farsa cadenista, que el autor de estas líneas conoce las leyes de la caballerosidad y está dispuesto a darle gratis una lección de ellas. […] Una docena de afeminados chicotazos convencerá a D. Ireneo Paz de que mi intrepidez para injuriarle puede correr pareja con mi tranquilidad para sacudirle el polvo cuantas veces sea necesario”.

 

Finalmente, el duelo entre Paz y Sierra se pactó a pistola para el siguiente día. No están claras las razones de que fuera este y no Cuenca quien se enfrentara a Ireneo. Aquella mañana del 27 de abril, Tarsila González, esposa de Santiago y embarazada de su tercer hijo, le rogó llorando que no fuera, pero él adujo que era una cuestión de honor familiar: “A un Sierra no se le insulta impunemente, no puedes pedirme que sea cobarde o indigno […] Esto no debe quedarse así, yo soy más fuerte que Justo”. Antes de partir, Santiago le dejó una nota a su hermano para que lo alcanzara en el lance.

 

Los contrincantes se encontraron en las inmediaciones de Tlalnepantla. El duelo comenzó y ambos hicieron su primer disparo al aire. Con eso bastaba para demostrar que sabían defender su honor como caballeros. Sin embargo, los padrinos de Sierra insistieron en continuar con la contienda. Los duelistas disminuyeron su distancia y dispararon. Paz, un experto tirador, atinó a la cabeza de Sierra y ahí terminó la vida de este joven escritor.

 

Justo llegaría al sitio demasiado tarde. Apenas estaba en camino cuando Paz ya iba de regreso: “¡Acabo de matar a tu hermano, perdóname!”, le alcanzó a decir. Los participantes y testigos del hecho habían abandonado el cadáver para evitar el arresto, aunque más tarde serían llevados ante la autoridad judicial local. Al regresar a su casa, el mayor de los Sierra fue increpado a gritos por su madre, doña Luz Méndez: “¡Caín, qué has hecho con tu hermano!”.

 

Dos días después, La Libertad lamentó que la “fatalidad” se hubiera interpuesto en su camino y anunció que su director, Justo Sierra, “no pudiendo resistir al terrible golpe que le ha herido”, dejaba la arena periodística. A Justo le dolió profundamente esta pérdida, pues llevaba una relación muy cercana con Santiago, tanto en lo personal como en lo literario. Más tarde llamaría “asesino” a Paz y aseguraría que el periodista Manuel Caballero habría sugerido que su hermano fue el autor del texto que inició la disputa, cuando en realidad lo había escrito Cuenca.

 

Sierra recordaría el acontecimiento como aquella “inicua tragedia” que “marcó para siempre el alto a mi juventud, a mis ilusiones y a mis esperanzas”. Paz, por su parte, hizo patente la aflicción que sentía por “llevar a cuestas un cadáver para toda la vida”.

 

Los culpables: la sociedad y la libertad de imprenta

 

Prácticamente toda la prensa de Ciudad de México comentó la muerte de Santiago, aunque en La Patria y El Padre Cobos no se dijo nada al respecto. La noticia llegó incluso a periódicos extranjeros como The New York Times (EUA) y El Viajero Ilustrado (España).

 

Todos lamentaron el final trágico del lance, pero prácticamente ninguno externó alguna acusación hacia Paz ni pidió de manera explícita que fuera desaforado o juzgado por el hecho, pues ello implicaba deshonrar de nuevo a Ireneo y lo más seguro es que nadie quisiera meterse en problemas. En cambio, predominó la condena al duelo como forma de resolver los conflictos entre periodistas, a los abusos de la prensa y la facilidad con que se insultaba en sus páginas en aras de la libertad de expresión, además de criticar a la sociedad por orillar a que, con el fin de defender su honor, los hombres llegaran a tales extremos.

 

Telésforo García –uno de los representantes que había elegido Cuenca para dirimir sus diferencias con Paz– escribió en su periódico El Centinela Español (28/abril/1880) que Sierra había sido “víctima de la bárbara preocupación social que impone el duelo como una necesidad a los hombres delicados”. El diario también publicó la columna “Baratijas”, en la que se criticaba la “procacidad de la prensa” y comentaba que el único medio para corregir la “destemplanza en el lenguaje” era la supresión del fuero a los periodistas.

 

El día en que una ley declare que los delitos de imprenta se sujetarán al mismo procedimiento que la ley marca para los delitos comunes; […] el día en que un periodista que injurie por medio de la prensa no sea juzgado por un jurado indulgente sino por un juez que le aplique las penas con que el Código criminal castiga las injurias, […] no volverán a verse impresas con letras de molde.

 

Hoy, un periodista insulta porque sabe que no hay para castigarlo más que un jurado de imprenta que lo declarará inocente, o con un duelo que le dará fama de valor. Pero cuando vea que este castigo es la cárcel pública, y entre criminales que lo deshonren con su compañía, se guardará bien de dar vuelo a su pluma y a su procacidad.

 

El Heraldo y El Libre Sufragio se sumaron a los lamentos. Varios, como el católico La Voz de México, empezaron a convocar a juntas del gremio en las que se resolviera la extinción de los lances y la mayoría respaldó las iniciativas. Las voces contra el duelo empezaron a manifestarse como en cascada y todas iban de la mano de las críticas a los abusos de la prensa y a la sociedad que orillaba a tal práctica.

 

El católico La Voz de México fue el que más espacio le dio a la campaña contra el duelo. Este periódico veía en tal práctica una muestra más del imperio de la irreligiosidad y la inmoralidad en que estaba cayendo la sociedad, lo cual se sumaba a la ola de crímenes y suicidios que se venían dando en el país. El 2 de mayo dedicó toda su primera plana y buena parte de la segunda al “acontecimiento que más ha preocupado en la semana a los habitantes de la capital”. De hecho, fue el único medio que puso a los duelistas al mismo nivel de los homicidas, y estos, “se lee en el libro de la eterna verdad, no entrarán al reino de los cielos”. Agregó: “Procurad que se ponga un dique a esa libertad absoluta de escribir cuanto se quiere, un freno a la calumnia”.

 

La Constitución (2/mayo/1880) propuso una junta de honor de periodistas, “la cual estará a cargo de vigilar las polémicas inconvenientes que se susciten entre los periódicos […]; en caso de ultrajes entre los periódicos, como tribunal de honor, decidirá las satisfacciones caballerosas y nobles que deban darse al ofendido”. Aunque la iniciativa tuvo eco en la mayoría de la prensa, ninguna propuesta en ese sentido fructificó y se quedó solo en un buen deseo.

 

El que sí pudo hacer algo en ese ámbito fue Ireneo Paz –que nunca secundó aquellos proyectos–, pues en 1885 fundó, junto con otros periodistas, la Prensa Asociada de la Ciudad de México. Como su primer director, impulsó la creación de un Jurado de Honor que resolviera de manera no violenta los conflictos en el gremio. Sin duda, la muerte de Sierra había marcado a Paz.

 

Adiós a los jurados de imprenta

 

Como hemos visto, las críticas a la ineficacia de los jurados de imprenta para castigar los abusos de la prensa estuvieron presentes desde el día siguiente a la muerte de Sierra. Así pues, lo que ocurriría en mayo de 1883, en el gobierno de Manuel González, con la reforma constitucional que extinguió esos tribunales especiales, se pudo consolidar desde 1880, en buena parte por la presión del propio gremio periodístico, más allá de que obedeciera a una consigna presidencial o por el poder tras bambalinas que ejercía el general Díaz, como comúnmente se ha dicho.

 

A inicios de mayo de 1880, el legislador Joaquín Alcalde –cercano a la familia Sierra– anunció que presentaría una iniciativa para reformar “el artículo relativo a delitos de imprenta, en el sentido de que los acusados se sujeten a las leyes del fuero común”. Paz, a través de El Padre Cobos, se opuso:

 

Todos o casi todos los gacetilleros gobiernistas, creyendo que el monte es de orégano y que toda la vida han de estar bien con los que mandan, tienen la imprudencia, por no llamarle de otra manera, de proponer que queden abolidos los jurados de imprenta y que los jueces comunes conozcan esos delitos.

 

Ahora que están bien con el gobierno, no tienen peligro ninguno, ya saben que son los consentidos, que son los chiquiados y ningún juez los llamará para molestarlos ni en lo blanco de una uña. Pero mañana cambia el gobierno, queda la misma ley y…

Entonces los maricones

Dirán llorando sus penas:

¿Quién nos mandó que adulones

Forjáramos eslabones

De nuestras propias cadenas?

 

Ireneo no estaba tan equivocado, pues si bien González no aprovechó de modo alarmante el nuevo marco jurídico para restringir la libertad de expresión, más tarde el régimen de Díaz sí lo usó de manera desmedida para perseguir a los periodistas opositores y como un instrumento para la censura. Desde la segunda administración porfirista (1884-1888), “aparte de la persecución y la violencia, el aprisionamiento por la ofensa de ‘difamación’ fue el medio más frecuentemente utilizado para suprimir el periodismo de oposición”.

 

De este modo, el duelo Paz-Sierra destacó por impulsar el debate en torno a los abusos de la prensa, el rechazo a los duelos y a la “impunidad” que se consideraba causaban los jurados de imprenta. La discusión sería determinante para lo que se decretaría tres años después: que los periodistas fueran juzgados por tribunales del fuero común, como cualquier otro ciudadano. Pero a la vez abrió las puertas a la persecución judicial de los escritores públicos de la oposición y su constante encarcelamiento, una mancha que cargaría el gobierno porfirista hasta su caída.

 

 

El artículo “Honor y libertad de imprenta. Las graves consecuencias del duelo de Irineo Paz y Santiago Sierra en 1880” del autor Ricardo Cruz García se publicó en Relatos e Historias en México número 117. Cómprala aquí.