• 19-oct-2019.

Jorge Alberto Manrique, una vida dedicada al arte

Elisa Speckman Guerra

Entre 1982 y 1983, el doctor Manrique fue el primer director del Museo Nacional de Arte, que se decidió ubicar en el antiguo palacio porfiriano de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, en la calle Tacuba del centro de la capital mexicana.

 

Jorge Alberto Manrique Castañeda, quien nació en Ciudad de México en julio de 1936, ingresó a la Academia Mexicana de la Historia en 1973. Su discurso de ingreso, intitulado “Ambigüedad histórica del arte mexicano”, fue contestado por Edmundo O’Gorman. Ocupó el sillón número siete, antes ocupado por Justino Fernández.

Destacado profesor e investigador en el campo de la historia del arte del periodo colonial y del siglo XX, fue también un reconocido gestor y crítico de arte. En palabras de Julio Estrada, logró vincular la investigación con la creación en arte, convirtiéndose en representante de “la figura de creador-investigador universitario” y defendiendo una noción de universidad entendida como “un espacio de búsqueda, discusión, entendimiento y transmisión inteligible de la experiencia”.

Estudió la preparatoria en lo que fuera el Colegio de San Ildefonso. En una entrevista concedida a Miguel Ángel Rosas, relató que en esa época acostumbraba asistir a las conferencias ofrecidas en El Colegio Nacional para escuchar a personajes como José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Alfonso Caso. La licenciatura la cursó en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras; fue alumno de Justino Fernández y Francisco de la Maza, así como de Juan Ortega y Medina y Edmundo O’Gorman. Ingresó en 1955 y obtuvo su título en 1960, con una tesis sobre el convento de los dominicos en Azcapotzalco, barrio del cual Manrique era originario. Mientras estudiaba historia e interesado por la pintura, visitaba regularmente la Academia de San Carlos.

Tras titularse, fue profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana en Xalapa; por algunos años y siendo muy joven, en dicha facultad dirigió la Escuela de Historia. En esos años, entre 1958 y 1964, comenzó a escribir críticas de arte y a colaborar en suplementos culturales.

En 1962 viajó a Europa para realizar estudios de posgrado. Estudió en la Universidad de Roma y en la Universidad de la Sorbona. En la Casa de México en París conoció a importantes intelectuales y artistas mexicanos.

A su regreso, en 1964, fue profesor investigador de El Colegio de México. Posteriormente se incorporó como investigador al Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Fue director de dicho instituto entre 1974 y 1980; en 2000 fue nombrado investigador emérito.

A lo largo de su vida se comprometió con la defensa del patrimonio cultural y de sitios históricos. Fue miembro de importantes comisiones del Instituto Nacional de Antropología e Historia y desempeñó un papel relevante en la restauración y rescate de edificios históricos, entre ellos, el Palacio de Lecumberri, mismo que actualmente alberga al Archivo General de la Nación.

Sobresalió también en la fundación y dirección de museos. Fue el primer director del Museo Nacional de Arte (lo encabezó entre 1982 y 1983) y más tarde estuvo al frente del Museo de Arte Moderno (entre 1987 y 1988).

Fue también autor de libros, artículos y textos periodísticos. Dentro de sus publicaciones destacan El geometrismo mexicano (1975; varios autores), La dispersión del manierismo (1980), Una mujer en el arte mexicano (1987; en coautoría con Teresa del Conde), Artes y artistas mexicanos del siglo XX (2008) y la antología de trabajos publicada bajo el título Una visión del arte y de la historia (2001). Asimismo, coordinó la enciclopedia Historia del arte mexicano.

Su trayectoria lo hizo merecedor de numerosos reconocimientos. Fue miembro de la Academia de Artes, del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, del Comité Internacional de Historia del Arte, del Comité Internacional de Museos y de la Asociación Internacional de Críticos de Arte. Entre las distinciones recibidas destacan el Premio Nacional de Ciencias y Artes y el Premio Universidad Nacional, además de su nombramiento como comendador de la Orden al Mérito de la República Italiana.

Murió en 2016, a los ochenta años de edad. Pocas semanas antes, el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y el Instituto Nacional de Bellas Artes le habían rendido un homenaje. Concluyo esta semblanza con las palabras que, en dicho acto, pronunció el doctor Alberto Vital Díaz, coordinador de Humanidades de dicha casa de estudios y quien, refiriéndose a Jorge Manrique, aseveró: “Es riguroso como todo gran historiador, propositivo como un arquitecto, agudo como un buen prosista, pero con la libertad y el encanto de los buenos poetas”.