• Saturday, 26 de May de 2018.

Apuntes sobre la Independencia

Por: Juan Manuel Villalpando

Un país dividido 

El movimiento armado que inició en 1810, y sus consecuencias -los horrores de la guerra-, vinieron a dividir todavía más a la ya dividida población de la Nueva España. Por supuesto, no toda la población empuñó las armas, aunque no había nadie que no fuese partidario de uno u otro bando. Los combatientes, cualquiera que fuera su origen, españoles, criollos, indios, mestizos o castas, eran una minoría comprometida con el esfuerzo bélico por sus ideales o por disciplina.

En el momento de mayor fuerza de la insurgencia, numéricamente hablando, cuando el ejército de Hidalgo llegó a la batalla de Puente de Calderón, sus cien mil insurgentes representaban a poco menos del dos por ciento de la población de la Nueva España, calculada en más de seis millones de habitantes. El resto, o bien eran soldados del rey -hasta ochenta mil hombres en 1820-, o bien se quedó en sus casas, sujeto en apariencia a las autoridades virreinales. 

Los españoles, que eran un total de ochenta mil, defendieron la causa realista con tibieza. Fueron acusados por Calleja de cobardes, al mantenerse como espectadores de la guerra y al dejar que los criollos tomaran a su cargo la defensa de su vida y propiedades. Los únicos españoles que pelearon con las armas en las manos, fueron los soldados de los cuerpos expedicionarios, que apenas sumaban ocho mil hombres. Cuando Iturbide proclamó la Independencia, la mayoría de ellos siguió fiel al rey, aunque hubo españoles que pelearon en contra de sus paisanos por abominar las ideas liberales españolas. 

¿Guerra Santa?

Hidalgo dio al movimiento un carácter religioso, y lo convirtió en algo muy similar a una guerra santa. Su condición de sacerdote y el haber tomado como símbolo el estandarte de la Virgen de Guadalupe contribuyeron a que la gente que lo seguía, viera en él a un profeta o a un iluminado que los redimiría. Interrogado uno de los hombres que saqueaban Guanajuato sobre sus motivos de andar en la revolución, contestó que se reducían a ir a México a poner en el trono al señor cura, idea que por lo visto compartía Calleja, quien aseguró que Hidalgo deseaba coronarse para sumar a la corona del sacerdocio la del imperio. 

Pensara o no Hidalgo en la posibilidad de ser monarca, lo cierto es que su movimiento tuvo un carácter místico. La gente que seguía a Hidalgo creía firmemente en él y en la justicia intrínseca del movimiento.

Escenarios de crueldad

La guerra de Independencia tuvo un alto costo en vidas humanas. El carácter de la contienda -una trágica guerra civil- excedió con mucho los campos de batalla y llevó las matanzas hasta la población no combatiente. El diplomático inglés Henry G. Ward afirmaba en 1827 que fueron trescientos mil los muertos, y su apreciación se acerca a la realidad. Los datos demográficos que se conocen en el presente indican que la población novohispana crecía a un ritmo promedio del 6% cada diez años, y en la decena de 1810 a 1820, apenas aumentó un 1%. El 5% faltante equivale más o menos a 300 mil personas, aunque no todas murieron por causas atribuibles a la guerra. De ellas hay que descontar, por ejemplo, a las víctimas de la epidemia de tifo que asoló la ciudad de México en 1813, calculadas en 20 mil. La primera época de la guerra, de 1810 a 1815, cuando se dieron las principales acciones militares, fue la más sangrienta. La segunda época, de 1816 a 1821, fue mucho menos cruenta. El virrey Apodaca informó al gobierno español que en ese periodo los insurgentes muertos fueron diez mil. 

México jamás había visto un espectáculo de sangre semejante. Desde la primera batalla -el asalto de la Alhóndiga de Granaditas- la mortandad fue enorme: murieron allí tres mil insurgentes, y los defensores -más de cuatrocientos- fueron salvajamente masacrados por la hueste de Hidalgo. La victoria en el Monte de las Cruces tampoco fue fácil. Nuevamente tres mil insurgentes cayeron en combate. Luego vinieron los asesinatos de españoles tanto en Valladolid como en Guadalajara, tolerados por Hidalgo, quien en su proceso reconoció que se trataba de inocentes pero que había tenido que ceder ante la presión de la plebe que exigía venganza. Además, el gobienro insurgente instalado en la capital de la Nueva Galicia expidió una orden condenando al degüello a todo español que hablare o hiciera algo encontra de la insurgencia, así como advirtiendo que se ejecutaría a todos los prisioneros europeos antes de cualquier batalla. 

La respuesta realista no se quedó atrás. Los dos bandos recurrían a medidas drásticas para alimentar el terror de la gente. Calleja mandó que en cada pueblo se fusilara a cuatro vecinos por cada uno de los realistas que fuesen asesinados en ese lugar... Calleja mismo exageró en el cumplimiento de su deber: arrasó e incendió pueblos enteros como Zitácuaro. 

 

Esta publicación es sólo un resumen del artículo “Apuntes sobre la Independencia" del autor Juan Manuel Villalpando, que se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 3. Para nuestros amigos que deseen leer el texto completo y adquirir un ejemplar, les dejamos esta liga: http://raices.com.mx/tienda/revistas-zapata-y-villa-REH003