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  • lunes, 22 de enero de 2018.

¡Vamos al cine! Les recomendamos “El peñón de las ánimas"

México, 1943
Por: Marco Villa

 

Dirigida por Miguel Zacarías, esta cinta que reproduce la historia de Romeo y Julieta pero en versión ranchera, marcó el debut como actriz en la pantalla grande de María Félix y la consolidación de Jorge Negrete, el Charro Cantor, como ícono irrefutable de nuestro cine

 

 

La misión era clara: había que matarlo. Solo así quedaría sellada aquella añeja venganza entre dos poderosas familias del boyante occidente mexicano de las últimas décadas del siglo XIX. Y es en la hacienda de Dos Peñas, Jalisco, donde don Braulio Valdivia recuerda a su nieto Felipe y a Manuel que deben acabar con Fernando, último de los Iturriaga. Los días pasan mientras urden el plan y también llega de España la bella María Ángela, hermana de Felipe y novia de la infancia de Manuel, con quien consumará un matrimonio arreglado... hasta que su súbito enamoramiento rompe con lo establecido para guiarla hacia otro destino. Al poco tiempo, la joven termina siendo la manzana de la discordia y su pasión por el enemigo el clímax de una tragedia.

 

En una versión tropicalizada de Romeo y Julieta de William Shakespeare y calificado como un western mexicano por la prensa especializada, El peñón de las ánimas fue un “melodrama que llegó para quedarse”, según comentó el escritor Carlos Monsiváis. La primera y más importante de las razones fue que –quizá sin imaginarlo– mostró, en una escena que a la postre trascendería en la cultura popular nacional a dimensiones tan insospechadas como baladíes, el encuentro de dos grandes de sus exponentes: María Félix, la futura diva de México, y Jorge Negrete, el Charro Cantor. Con sus interpretaciones de María y Fernando, cuyo amor apuntaló la adulación que la sociedad vertía sobre ellos fuera de la pantalla grande, con todo y que la sonorense María de los Ángeles Félix (como pidió aparecer en los créditos) apenas era una veinteañera y debutaba en el cine ¡con un estelar!

 

En este primer encuentro de carácter casi apoteósico, María y Fernando coinciden en una casa abandonada y se enamoran. La pareja, a decir del crítico de cine Emilio García Riera, “vive tres etapas de reconocimiento. Antes que nada, Negrete se reconoce a sí mismo como macho incontenible y da a la Félix una pistola para que se defienda de él. Después, equilibradas así las fuerzas, ambos recitan a Bécquer, cuyas poesías se saben de memoria: el macho, ya sin pistola, se reconoce como un héroe romántico. Finalmente, los dos reconocen el amor al sentir que ese momento lo han vivido ya en otra dimensión del recuerdo”.

 

Pero esta escena en la que los futuros esposos coincidieron era también sintomática de las pretensiones sobre los arquetipos sociales, aparentemente sin distinción entre la gente de la ciudad o de provincia: el macho charro, la mujer conquistada por su gallardía y canto (Negrete canta Cocula, Mujer abre tu ventana, Así se quiere en Jalisco, El mexicano…), la cursilería de una relación, una geografía (Jalisco) enaltecida por el folclor inscrito en el canto popular, por mencionar algunos. Eran todos aspectos entronizados desde el cine que demostraban los valores en boga de lo que debía reconocerse como la expresión de lo mexicano.

 

Dirigida por Miguel Zacarías –para los especialistas, un director con pocos trabajos de calidad–, El peñón de las ánimas inició rodaje el 9 de septiembre de 1943. Se estrenó poco más de cinco meses después en el cine Palacio de Ciudad de México, en medio de una gran expectativa social. Para muchos no defraudó, más por las figuras que en ella aparecieron que por la calidad de las actuaciones (la Doña fue señalada de inexpresiva), aunque para otros fue un trabajo limitado en arte, historia y calidad. El cine entonces avanzaba hacia la industrialización y a ser una rica veta comercial, por lo que era un imperativo producirlo rápidamente. Aquí se la compartimos para que usted juzgue.

 

 

El artículo breve "El peñón de las ánimas" del autor Marco Villa se publicó en Relatos e Historias en México, número 113