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  • miércoles, 26 de abril de 2017.

Mariano Paredes y Arrillaga ¿El verdadero villano de nuestra historia?

Por: Josefina Zoraida Vázquez

Mariano Paredes y Arrillaga

 

Es poco conocido a pesar del terrible papel que jugó en un momento delicado de nuestra historia. Nacido en la ciudad de México en 1797 en el seno de una familia distinguida, se enroló como cadete en 1812 y alcanzó notoriedad con la acción militar de los “30 contra 400”, ocurrida poco antes de consumarse la independencia entre una reducida partida del Ejército Trigarante y un numeroso contingente realista.

 

Sin duda fue un buen oficial, aunque sus ascensos también derivaron de los pronunciamientos. Así, al adherirse al Plan de Iguala saltó de capitán a coronel en 1821, aunque el grado no se le ratificó hasta 1831. Su lealtad a Anastasio Bustamante le redituó el ascenso ageneral de brigada en 1832, que tardó en hacerse efectivo hasta 1837 por la proscripción que le impuso la Ley del Caso de 1833, por la cual el gobierno de Antonio López de Santa Anna se deshizo de sus enemigos políticos desterrándolos.

 

Con fama de honesto y buen militar, don Mariano carecía de una atractiva personalidad. Guillermo Prieto lo retrató como “pequeño de cuerpo, de roma nariz y ojos pequeños, pelo lacio, erguido y pretencioso. La figura de Paredes, bien aprovechada, podía servir para recaudar boletos a la puerta de un teatro”. Además subrayó que era “ignorantísimo..., como casi todos los generales” y un elitista que insistía en que sólo debían votar las “clases productoras y acomodadas”.

 

Al regreso de su exilio, en 1836 fue nombrado comandante de Jalisco, donde permaneció hasta 1841, aunque con una interrupción por algunos días en los que ejerció como ministro de Guerra. Su casorio con una tapatía de familia distinguida le dio entrada a la elite regional, que por su fama de honestidad y eficiencia apoyó su gubernatura, al tiempo que le aseguró clientela en el Ejército.

 

Promotor de alzamientos y golpes militares

 

Para 1839, el malestar generado por el fiasco de Texas, el bloqueo francés y la inestabilidad mostraban que el centralismo liberal tampoco funcionaba, por lo que Paredes planeó pronunciarse contra las Siete Leyes, normas centralistas emitidas por el gobierno de Justo Corro en 1836. Su intento se frustró cuando el Congreso aceptó hacer reformas. Mas no tardó en presentarse un nuevo pretexto al aumentarse a quince por ciento el impuesto sobre el consumo de artículos importados, medida que causó aparatosas quiebras de casas extranjeras. Los comerciantes foráneos favorecían en general a los federalistas, pero la crisis los llevó a “animar” a los generales a pronunciarse. Visitaron primero a Santa Anna en Veracruz, después a Paredes en Guadalajara y finalmente a Gabriel Valencia en México. Paredes se apresuró a pronunciarse el 3 de agosto de 1841 contra el gobierno y el quince por ciento.

 

El gobernador de Jalisco rebajó el impuesto a la mitad, pero el 8 de agosto don Mariano exigió que se convocara a un “Congreso Nacional extraordinario” y se relevara la presidencia. Una Junta de Notables local lo nombró gobernador de Jalisco, pero sólo lo secundaron los comandantes de los departamentos vecinos. Ante el fracaso, el 28 de agosto el ayuntamiento de Veracruz exigió que se derogaran los derechos de consumo y se reformaran los aranceles. El 31 del mismo mes, Valencia lanzó un plan inclinado al federalismo y el mismo día Santa Anna, desde Perote, ofrecía sus oficios de mediador y, al ser rechazado por el gobierno, se sumó al movimiento el 9 de septiembre.

 

Los generales avanzaron y el 28 de septiembre convergieron en Tacubaya, donde se atribuyeron “la voluntad de la Nación” y firmaron unas bases que cesaban a ejecutivo y legislativo, así como anunciaban que el jefe del Ejército nombraría a dos diputados por cada departamento para elegir, “con entera libertad”, a la persona que ejercería el ejecutivo provisionalmente. El electo fue Santa Anna, y con facultades extraordinarias. Guanajuato, Querétaro, Jalisco, San Luis Potosí, Aguascalientes y Zacatecas protestaron y exigieron que las Juntas Departamentales participaran en el proceso. Nadie los escuchó. El pronunciamiento de Nicolás Bravo, Juan Álvarez y José Urrea fue acallado por Santa Anna con ascensos y nombramientos. Álvarez y Paredes ascendieron a generales de división; además, Paredes fue ratificado como gobernador de Jalisco y Urrea nombrado comandante de Sonora.

 

Paredes contra Santa Anna

 

Desde ese momento, el fracasado Paredes quedó enfrentado con Santa Anna, quien cumplió en convocar a elecciones para el Congreso Constituyente en 1842. Paredes se empeñaba en eliminar la presencia de “la plebe” en el Congreso y se limitó a cumplir como gobernador para sumar dividendos. Santa Anna se ocupó de manipular las elecciones sin lograrlo, ya que los federalistas obtuvieron la mayoría; ejerció una dictadura benévola que al principio favoreció a los comerciantes extranjeros y a los federalistas moderados, pero por la falta de recursos, antes de finalizar 1842 se inclinó hacia el proteccionismo. Como no aprobó los proyectos de Constitución que se debatieron, después de ausentarse se disolvió al Congreso y fue sustituido por una Junta de Notables que redactó en junio de 1843 la nueva Constitución: las Bases Orgánicas.

 

Dizque como reconocimiento, Paredes fue convocado a la Junta, pero con el deseo de alejarlo de su centro de acción; incluso se le ordenó marchar a Yucatán como comandante. Don Mariano fingió estar enfermo y logró que se diera contraorden y se le nombrara comandante de México. No obstante, apenas tomaba posesión se le arrestó “por una falta a la dignidad del gobierno”. Según parece, una de sus borracheras hizo a don Mariano lanzar un exabrupto que Santa Anna quiso aprovechar para castigarlo. Por desgracia, con astucia Paredes capitalizó el juicio para aumentar su popularidad. Santa Anna prefirió reconciliarse y lo nombró senador, lo que aprovechó para ampliar sus relaciones.

 

La dictadura se empeñó en solucionar las separaciones de Yucatán y Texas, que Santa Anna equiparaba. Ofreció un amplio autonomismo que la península aceptó, pero al violarlo el dictador, se separó. Su oferta a Texas ni siquiera fue considerada. Juradas las Bases Orgánicas, se realizaron las elecciones y Santa Anna se convirtió en presidente constitucional, aunque ni siquiera se presentó a jurar el cargo y el general Valentín Canalizo lo hizo como provisional. Fue hasta que apareció un agente estadunidense enviado para informarle que, ante la “amenaza británica”, Texas se anexaba a la unión. De inmediato, en julio de 1844 Santa Anna se presentó en la capital para jurar el cargo y pedir facultades extraordinarias y fondos para emprender la expedición a Texas.

 

El país volvía a estar caldeado, con el sur y el noroeste en rebelión y con una hacienda pública vacía, como era costumbre. El Congreso, dominado por federalistas moderados, empeñados en recuperar la dignidad de esa institución y hacer cumplir las Bases, y convencidos de que Texas estaba perdido, fue hostil al veracruzano. Los radicales fuera del poder estaban divididos: los conscientes se daban cuenta de que la amenaza externa exigía “diferir para otro tiempo la realización de principios”; en cambio, el grupo de Valentín Gómez Farías se empeñaba en la rebelión, mientras la opinión pública, enardecida por la prensa, favorecía la expedición. El Congreso no se atrevió a desafiar a la opinión pública y aprobó los fondos. Mas como llegaron noticias de que el Senado había rechazado el tratado con Texas, Santa Anna suspendió la expedición.

 

En medio del nuevo malestar, favorable a dar un golpe, Santa Anna nombró comandante de Sonora a Paredes, quien simuló aceptar y convirtió a Guadalajara en su centro de operaciones. Exigió dinero para vestir, armar y adelantar sueldo a sus tropas, mientras sus colaboradores se movían entre las poblaciones del Bajío y los estados cercanos para informarse de tropas y efectivos. Se ganó a las autoridades del estado, tanto que movió a la Asamblea Departamental para que le pidiera al Congreso que el gobierno rindiera cuentas, eliminara impuestos extraordinarios y promoviera nuevas facultades departamentales.

 

El intento constitucionalista

 

El 1 de noviembre de 1844 una junta de jefes y oficiales militares pidió a Paredes ponerse al mando de un ejército protector de las leyes, encargo que aceptó al día siguiente en un “Manifiesto a la Nación” en el que desconocía al gobierno. Desde Veracruz, Santa Anna se apresuró a partir para someter a los rebeldes, sin pedir el permiso del Congreso. Se detuvo a las puertas de la capital, donde en una entrevista con el ministro británico Charles Bankhead aceptó dictar un memorándum con las condiciones que exigía para reconocer la independencia de Texas.

 

El plan de Paredes de nuevo encontró eco sólo en estados cercanos a Jalisco, lo que no impidió que se apropiara de las rentas de esa entidad y de las entradas de las aduanas de San Blas y Mazatlán.

 

Valentín Canalizo y el gabinete tuvieron que enfrentar a un Congreso que pedía cuentas del dinero de la suspendida expedición y una prensa que denunciaba la corrupción y la tiranía del régimen. Esto los llevó a proponerle a Santa Anna disolver al Congreso el 29 de noviembre. Pero el Congreso desafió la orden y el 6 de diciembre, apoyado por el poder judicial, el ayuntamiento, la guarnición de la Ciudadela y el pueblo, apresó al presidente interino y a dos de sus ministros y nombró al general José Joaquín de Herrera como ejecutivo provisional, como presidente del Consejo de Gobierno. Herrera ordenó a Paredes, Bravo y Álvarez avanzar hacia la capital y perseguir a Santa Anna. La transición resultó pacífica, pues sólo afectó al ejecutivo nacional.

 

El movimiento constitucionalista hizo el milagro de unir la voluntad nacional, dividida desde 1823, y Paredes tuvo que ponerse a las órdenes del nuevo gobierno. Fracasaba por segunda vez, lo que lo haría más cauto.

 

Don José Joaquín intentó constituir un gobierno honesto y constitucional que pusiera en orden su hacienda. Aunque era federalista, consideró inoportuno un cambio de sistema ante una posible guerra con Estados Unidos, ya que el presidente John Tyler ideó presentar el asunto de Texas como un problema doméstico para que fuera aprobado por un acuerdo conjunto del Congreso, y el candidato demócrata, James Polk, exigía “la reanexión de Texas y la reocupación del Oregón”. En su intento de evitar una guerra para la que México no estaba preparado, buscó negociar con Texas con auxilio franco-británico, pero su propuesta llegó junto a la oferta de anexión a Estados Unidos y fue ignorada.

 

El país tenía que prepararse para la guerra. Polk prefería evitar el conflicto bélico y comprar el territorio, pero estaba dispuesto a todo para obtener California. México estaba dividido: Gómez Farías ahora conspiraba para traer a Santa Anna –exiliado en Texas– y tirar al gobierno para restaurar el federalismo, y Paredes preparaba un nuevo golpe.

 

Con sus siete millones de habitantes, dividido, con una economía paralizada, sin recursos ni ejército profesional y con un armamento obsoleto, México se enfrentaba a dos amenazas externas: un vecino que ya tenía veinte millones de habitantes, una economía dinámica, un ejército pequeño pero profesional con armamento moderno y recursos para movilizar y entrenar voluntarios; y por otro lado, la conspiración monarquista, orquestada por el ministro español Bermúdez de Castro con la bendición de Gran Bretaña y Francia. Bermúdez había conquistado importantes cómplices mexicanos como Lucas Alamán, Lorenzo Carrera y el jesuita Basilio Arrillaga, los cuales conquistaron a Paredes, quien aceptó para obtener recursos. Estados Unidos también sufría la división entre el norte y el sur, pero se uniría ante la posibilidad de extenderse hasta el Pacífico.

 

 

Esta ublicación es sólo un extracto del artículo “Mariano Paredes y Arrillaga ¿El verdadero villano de nuestra historia?” de la autora Josefina Zoraida Vázquez, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México, número 50