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  • sábado, 22 de julio de 2017.

Leona Vicario IV

Por: Celia del Palacio Montiel

El Congreso tuvo que salir de Chilpancingo perseguido por el ejército realista, en enero de 1814 e inició una penosa marcha a través de la tierra caliente, estableciéndose precariamente en uno u otro lugar. En Apatzingán, el 22 de octubre de ese mismo año, firmaron por fin el decreto constitucional que los diputados habían redactado a marchas forzadas, entre mosquitos y alimañas, perseguidos por la malaria y la fiebre en su recorrido.

Los diputados ya habían comenzado a tener diferencias entre ellos, así como con Morelos, y para el 5 de noviembre de 1815, cuando el generalísimo fue capturado, el ya fragmentado Congreso se deshizo. Una parte de ellos emprendió el camino a Tehuacán y los demás siguieron vagando por las sierras. Leona y Andrés no siguieron a los diputados a Tehuacán. Más cercanos al general López Rayón, que había desconocido completamente a lo que quedaba del Congreso, lo acompañaron en su guerra de guerrillas por los precipicios de Tierra Caliente. Leona dio muestra sobrada de su valor y entereza al rechazar los indultos enviados por el virrey a lo largo de los años.

Las sucesivas derrotas de las fuerzas insurgentes dispersaron a los sobrevivientes en pequeños grupos que se vieron obligados a moverse continuamente por el territorio para escapar a la intensa persecución. En medio de estas marchas, amenazada por las tropas realistas, el hambre y las enfermedades, en enero de 1817 Leona dio a luz a su hija Genoveva, en una cueva cerca de Achipixtla en el ahora Estado de México. Con la niña en un huacal, llegaron Leona y Andrés a Tlatlaya donde la bautizaron, teniendo a Ignacio López Rayón como padrino. La pequeña familia pronto se vio forzada a huir. Acorralados, tuvieron que ocultarse de nuevo, esta vez en una pequeña ranchería al borde de una barranca: Tlacocuspa, en la sierra de Tlatlaya. Un año vivieron ahí, hasta que un ex insurgente, Vicente Bargas, denunció su paradero y fue tras ellos.

Al verse amenazados, sabiendo que, de aprehenderlos sin haber pedido el indulto, los matarían a todos, el 14 de marzo de 1818, Quintana Roo huyó después de dejar el indulto firmado. Leona y su hija fueron conducidas a pie primero a Tejupilco y luego a Temascaltepec. Quintana Roo se enteró de las vejaciones que había sufrido su mujer y envió su rendición y la promesa de dar todo tipo de información, a cambio de que respetaran a Leona. El comandante de Temascaltepec, Miguel Torres, le pidió entonces presentarse de inmediato y el virrey les concedió el indulto con la condición de que pasaran a disfrutarlo a España.

Llegaron a Toluca y permanecieron ahí, prácticamente en la miseria, porque no tenían los recursos para ir a Cádiz. Tampoco tenían permitido regresar a la Ciudad de México, donde Quintana Roo hubiera podido ingresar al Colegio de Abogados, requisito indispensable para ejercer su profesión. Finalmente, en 1820, el virrey permitió que el matrimonio regresara a la capital, donde rehicieron su vida. En 1821 nació su segunda hija, María Dolores.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Leona Vicario” de la autora Celia del Palacio Montiel y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 32.

 

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