La vida en el barrio

Susana A. Ramírez Bello

Con base en el registro nacional de extranjeros, Gabriel Baeza indica que los griegos que llegaron al país se establecieron en gran medida en la ciudad de México, dato que a su vez es confirmado por las tarjetas de la Secretaría de Gobernación. Algunas de las calles de la capital con mayor afluencia griega fueron Colón y Frontera –en las colonias contiguas al Centro Histórico–, en donde, según las referencias y direcciones obtenidas en las formas migratorias, vivieron muchas de las familias que llegaron en los años veinte. Y en la periferia del barrio de La Merced, vías como Academia, Corregidora, Correo Mayor y Mesones destacaron por tener un mayor número de habitantes de dicho país europeo, generalmente procedentes de las regiones de Salónica y Corfú, además de los oriundos de Constantinopla, en Turquía, y los llegados de Asia Menor.

Gracias a la cercanía de La Merced con el primer cuadro de la ciudad de México, este barrio respondió a las necesidades tanto económicas como sociales de sus nuevos habitantes. Mas no todo fue miel sobre hojuelas, pues “la llegada a México hizo que los cinco sentidos de los griegos estuvieran alerta y se atrevieran a probar alimentos desconocidos como el chicle [...], pero sobre todo existió el problema del idioma”.[1] Por otra parte, ellos también llegaron a influir en la vida de la zona.

En la vida cotidiana de los griegos influía por supuesto la solidaridad y relación entre paisanos, mediante lo cual lograban ubicar a algunos surtidores o proveedores de mercancía que les permitieron introducirse en el comercio ambulante sin necesidad de una gran inversión. Tal es el caso del señor Benito Afendulis, quien ayudaba a los recién llegados al centro capitalino al proporcionarles la mercancía para vender; “eran unos diez o doce, ellos llenaban dos canastas con doble piso, abajo acomodaban una canasta como almacén y arriba tenían bien acomodadita la otra con dulces, chicles, chocolates, cigarros, cerillos y camotes de Puebla”.[2] De esta manera intentaban conformar un capital propio con el cual pudieran mejorar su calidad de vida.

Estaban también los lazos parentales, ya que según lo muestran los formatos de registro migratorio hallados en el Archivo General de la Nación, es considerable el número de familias griegas, registradas después de 1930, cuyo ingreso se dio de manera conjunta o progresiva. Por lo regular llegaba primero el hombre y poco tiempo después era alcanzado por la mujer y sus hijos; aunque también podían llegar todos juntos, situación que se presentó sobre todo en los inmigrantes griegos judíos. Por su parte, los griegos católicos u ortodoxos solían llegar solos; en caso de venir acompañados, lo hacían con otros hombres de su familia (hermanos, tíos o primos), y al cabo de unos años, o una vez establecidos, se casaban con mujeres católicas.

En ambas situaciones se contaba con el apoyo de paisanos y familiares que con anterioridad se habían establecido en la ciudad o zona a la que llegaban. Es por eso que las direcciones registradas en los formatos migratorios suelen coincidir. Además, al llegar no contaban con un gran presupuesto; vivían todos juntos en cuartos o pequeños departamentos al interior de las vecindades del barrio. Tenían como vecinos a una amplia variedad de migrantes nacionales y extranjeros; todos de manera recíproca contribuyeron al enriquecimiento de sus vidas. Compartían desde el patio hasta la cocina, así como sus tradiciones y festividades. 

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “La vida en el barrio” del autor Susana A. Ramírez Bello y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 94.

 

[1] Baeza, op. cit., p. 63.

[2] Guadalupe García Torres, Memorias de un inmigrante griego llamado Theodoro Pappatheodorou. Testimonio oral, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, México, 1987, p. 156.