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  • sábado, 24 de junio de 2017.

La guerra del Ejército Trigarante

Por: Rodrigo Moreno Gutiérrez

¿Quiénes eran aquellos que se integraron al Ejército de las Tres Garantías y cómo se desenvolvió este cuerpo militar a lo largo del conflicto independentista? La respuesta nos recuerda que el proceso que solemos llamar consumación de la independencia fue también una guerra.

 

 

El núcleo original de la trigarancia, con Iturbide a la cabeza y sostenido por algunas tropas de la comandancia del Sur y los grupos insurgentes de Guerrero y Ascencio, corría el riesgo de aislarse si no encontraba eco en otras latitudes. La reacción de comandantes fieles al gobierno virreinal ubicados en amenazantes cercanías, así como la constante y considerable deserción de algunos que sí habían jurado el Plan de Iguala, pintaron un panorama oscuro para los independientes los primeros días posteriores a la jura, en febrero de 1821.

 

Sin embargo y como ya señalé, los muy oportunos brotes del Bajío y de la zona fronteriza de las provincias de Puebla y Veracruz oxigenaron la rebelión, que comenzó a tomar forma en abril. Este segundo núcleo sumó las adhesiones de Antonio López de Santa Anna (hasta cierto punto condicionado por Herrera) y Guadalupe Victoria; logró expandirse hasta la costa del Golfo, trató de controlar las importantes villas tabacaleras de Córdoba y Orizaba, y, en movimientos coordinados con Nicolás Bravo, se propagó a las regiones centrales y meridionales de Puebla.

 

En ese contexto, la batalla de Tepeaca (Pue.), en abril, fue el primer enfrentamiento de consideración del movimiento trigarante (cada bando reportó haberle causado más de cien muertos al enemigo). Por su parte, el núcleo del Bajío logró consolidarse con las tomas de León, Silao, Irapuato y Guanajuato, de tal manera que Iturbide en cuanto pudo se alejó del sur y se trasladó al Bajío por la vía de Zitácuaro y Maravatío (en el actual estado de Michoacán). El sur trigarante quedó en manos de Echávarri, quien pasó serias dificultades para coordinarse con Guerrero, Montes de Oca y Álvarez.

 

Podríamos calificar al mes de mayo de 1821 como una etapa de arraigo regional de los tres núcleos trigarantes. Iturbide alcanzó dos importantísimos objetivos: por una parte la neutralización (mediante entrevista largamente concertada) del brigadier José de la Cruz, comandante de la Nueva Galicia, antiguo superior suyo y uno de los militares más eficaces de la contrainsurgencia; y por otra la capitulación de Valladolid (hoy Morelia), sumamente significativa no sólo por tratarse de su ciudad natal, sino porque se convirtió en una especie de modelo estratégico de la trigarancia para las tomas futuras: sitio y asedio moderado en combinación con negociaciones con las autoridades civiles y militares sitiadas para concluir con capitulaciones que, conforme pasó el tiempo, se hicieron cada vez más estrictas.

 

Y aunque la toma de Valladolid no derramó sangre, la violencia iba en aumento: Ascencio caía en Tetecala (actualmente en el estado de Morelos) a manos del capitán graduado Cristóbal Huber, quien reportaba haber ocasionado más de 160 muertos y cien heridos (y sólo haber sufrido tres bajas); mientras que el gobierno virreinal lamentaba la muerte del coronel Francisco Hevia en su intento por arrebatarle a Herrera y Santa Anna la villa de Córdoba.

 

Hacia finales de mayo, pero sobre todo durante junio, la trigarancia entró en franca expansión. Prueba de ello son las peticiones de refuerzos que en vano el virrey Apodaca remitió con urgencia a Cuba y a la metrópoli y la serie de medidas militarizantes y desesperadas que buscó implementar en la capital, como el restablecimiento de los pasaportes y las levas forzosas. Nada contuvo a los independientes. Una ola de adhesiones y pronunciamientos multiplicó los focos rebeldes en toda la Nueva España y ensanchó las regiones trigarantes.

 

Si Valladolid fue un modelo de toma, Iguala lo había sido como pronunciamiento original: un grupo de oficiales juraban fidelidad a un plan, a partir de entonces todos aquellos militares y milicianos que buscaron sumarse al movimiento tuvieron que imitar el ritual y entablar juramento al documento de Iguala. La iniciativa también pudo surgir de autoridades civiles (señaladamente los ayuntamientos) que de igual modo y mediante la jura pública se adhirieron a nombre y en presencia de su comunidad. Así, mediante pronunciamientos y adhesiones, el mapa novohispano se fue pintando de verde, blanco y rojo durante junio y julio de aquel 1821.

 

Si el brigadier vizcaíno Pedro Celestino Negrete daba la voz de independencia en Tlaquepaque y Guadalajara el 13 de junio (ordenando las juras en toda la Nueva Galicia), el capitán Antonio León se pronunciaba en Huajuapan y ponía en jaque Oaxaca, y el joven teniente cubano Pedro Lemus lo hacía en las cercanías de Saltillo para correr la rebelión en las Provincias Internas de Oriente. De manera concomitante los principales jefes del Ejército de las Tres Garantías mostraban mayor movilidad y se coordinaban en la toma de las grandes capitales: Echávarri en San Luis Potosí, Negrete en Aguascalientes y Zacatecas, Bustamante e Iturbide en Querétaro a finales de junio, y un mes más tarde el propio Iturbide en Puebla, luego del asedio sostenido por Herrera, Bravo y Santa Anna.

 

El derrumbe del virreinato

 

Ante tal escenario, el régimen virreinal precipitó su colapso con tres acontecimientos claves: el golpe de Estado al conde del Venadito instrumentado en plena junta de guerra y que colocó al mariscal Francisco Novella como nuevo virrey en funciones el 6 de julio; el arribo de Juan O’Donojú a Veracruz el 30 de julio enviado por las Cortes de Madrid y avalado por Fernando VII como jefe político superior de la Nueva España (para ese momento en el régimen constitucional ya no había virreyes) y, finalmente, la firma de los Tratados de Córdoba el 24 de agosto entre O’Donojú e Iturbide.

 

El conjunto de estos sucesos muestra tanto la debilidad del gobierno virreinal cuanto la fuerza militar y política de la trigarancia. A partir del golpe de Novella, el gobierno de México quedó aislado y deslegitimado, pero el pacto signado en Córdoba permitió que dicho aislamiento (que ya se había convertido en sitio y auguraba violencia extrema) no fuera destruido militar sino diplomáticamente. Todavía después de México cayeron Acapulco y el fuerte de Perote y muchos años después San Juan de Ulúa.

 

Como salta a la vista, el proceso que solemos llamar consumación de la independencia fue también un conflicto bélico. Este breve relato no buscó explorar las complicadas facetas propiamente políticas de la trigarancia, sino mostrar la importancia de su aspecto bélico. La violencia generada durante la insurgencia no debe ser equiparada con la consumación, pues las condiciones y características de una y otra son enteramente distintas. No obstante, parece incuestionable que el movimiento trigarante se desarrolló como una guerra: su origen, sus mecanismos de expansión, la forma en que ramificó sus mandos o reclutó tropa y las vías en que se allegó de recursos estuvieron siempre condicionados por la guerra. Entender al Ejército que protagonizó esa guerra, el de las Tres Garantías, ayuda mucho a entender mejor el proceso mediante el cual se derrumbó el régimen virreinal de la Nueva España y se estableció el Imperio Mexicano.

 

 

Esta publicación es sólo un fragmento del artículo "La Guerra" del autor Rodrigo Moreno Gutiérrez, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México, número 102