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  • lunes, 18 de diciembre de 2017.

La famosa Casa Serra, un centenario comercio para el arte en el centro de Ciudad de México

Fundada en 1906
Por: Ricardo Cruz García

Frida se detiene frente al mostrador. Es imposible no voltear a verla: sus gruesas trenzas con chispeantes flores, sus tupidas cejas, sus ojos vivaces y melancólicos, su sonrisa embigotada, su colorido atuendo. Todo en ella llama la atención en este local que en 1906 abrió en uno de los callejones de Mesones, en la capital mexicana. Tras echar un vistazo a los anaqueles, recibe los materiales que llevará para seguir pintando sus cuadros plenos de una extraña fascinación o, quizá, iniciar una nueva obra.

 

La Kahlo se despide mientras la persona que ese día atiende Casa Serra mira partir a la mujer que muchos años después se volverá objeto de culto en México y el mundo, al grado de crear la “fridomanía”.

 

Escondida entre repisas, estantes y vitrinas, Casa Serra hoy es parte de la historia del arte mexicano, pues ha contribuido a que decenas de pintores y escultores encuentren aquella materia prima o herramienta necesaria para dar vida a sus creaciones. Seguramente muchas grandes obras nacionales se han realizado con los insumos adquiridos en este negocio.

 

Una sencilla tlapalería

 

Esta historia comenzó cuando el catalán Francisco Serra se embarcó rumbo a México a principios del siglo XX, procedente de Barcelona, España. Cupido quiso flecharlo antes de avistar a las mujeres de las costas veracruzanas y durante la travesía conoció a Matilde Aparicio, con quien casaría más tarde, al llegar a la capital del país.

 

Al poco tiempo, don Francisco instaló la tlapalería Casa Serra, dedicada a la venta de tornillos, clavos, pasadores, alcayatas, candados, aldabas, barnices, anilinas, pinturas para cemento… Este trabajo lo mezclaba por las tardes con sus oficios de escultor y dorador (aquellos que cubren de oro o una sustancia parecida cualquier superficie), pues en sus ratos libres tallaba y decoraba muebles que llamaban la atención de los paseantes y clientes que recorrían los comercios de Mesones (hoy una tradicional calle repleta de papelerías, en el Centro Histórico de Ciudad de México).

 

El señor Serra pronto se volvió famoso por las gubias de la preciada marca Henry Taylor que usaba, así como por las láminas de oro con que cubría sus creaciones. Esos materiales no se podían adquirir en México, por lo cual la gente comenzó a pedirle que les consiguiera esos y otros productos y herramientas que él traía de Europa. De a poco, la tlapalería fue cambiando de giro y, cuando menos lo pensó, don Francisco ya vendía todo tipo de pinceles, pigmentos, colas especiales, óleos y otros insumos: Casa Serra se había convertido en un local de venta exclusiva de artículos para artistas, el mejor y más reconocido del país.

 

Casa para el arte

 

El éxito no tardó en llegar, alimentado por el auge del arte nacional en aquellos años. Fue así que por el umbral de este negocio se vio cruzar tanto a un experimentado Saturnino Herrán como a un joven Diego Rivera o a la extravagante Kahlo. Pero no solo a ellos, pues frente a su mostrador se han parado los más importantes artistas visuales mexicanos del siglo XX y aun del XXI: de David Alfaro Siqueiros a Rufino Tamayo, del recién fallecido José Luis Cuevas a Luis Nishizawa, de Rafael Coronel a Adolfo Mexiac, de Pedro Friedeberg al ruso-mexicano Vlady, de Arturo García Bustos a Manuel Felguérez, de Rina Lazo al oaxaqueño Francisco Toledo… La lista de creadores que se han proveído de material artístico en Casa Serra sería interminable, pues hasta la fecha los jóvenes estudiantes también acuden a ella para encontrar aquello que brilla por su calidad o es difícil –si no imposible– de conseguir en estos lares.

 

La fama y el reconocimiento de la comunidad artística hacia este comercio hoy centenario permitieron que en los años cincuenta se mudara al número 87-A de la calle Bolívar, en el centro de la capital, donde hasta la fecha se halla. En 1960 murió don Francisco y legó el negocio a uno de sus hijos, quien continuó con la tradición y comenzó a importar materiales ya no solo de Europa y Estados Unidos, sino también de Japón.