• martes, 21 de noviembre de 2017.

Inauguración del Palacio de Bellas Artes

Por: Jaime Bali Wuest

Eran los últimos meses del gobierno del general Abelardo L. Rodríguez, se acercaba el fin de su periodo como presidente sustituto y los capitalinos empezaron a sentir los preparativos de la inauguración del nuevo teatro nacional que ahora llevaría el nombre de Palacio de Bellas Artes. Había muchas expectativas alrededor del acontecimiento y el día señalado para abrir sus puertas se reunieron miles de personas que esperaban encontrar un lugar en el extraordinario recinto.

Era el 29 de septiembre de 1934 cuando el presidente y su comitiva se instalaron cómodamente en el palco de honor, el reloj marcaba las 10 horas con diez y siete minutos. Al interior del recinto, que mostraba butacas vacías y mientras el público presionaba para entrar, se escucharon las notas del Himno Nacional interpretado por un coro de mil voces acompañado por la Orquesta Sinfónica, bajo la dirección de Carlos Chávez. En seguida se escucharon las palabras de don Antonio Castro Leal, jefe del Departamento de Bellas Artes. Sin tardanza la sinfónica interpretó la Sinfonía Proletaria del maestro Chávez, con el título de Llamadas. Después vino una breve intervención del Presidente de la República declarando formalmente inaugurado el recinto.

En la noche del mismo día se reunió frente al edificio una multitud de veinte mil personas que demandaban el ingreso al teatro para disfrutar de la puesta en escena de La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón; quienes poseían billetes de entrada o invitaciones oficiales se vieron obligados a entrar por la puerta de atrás. Mientras la policía dispersaba al remolino de personas que llenos de indignación abandonaban el lugar, se escuchó al interior del recinto: tercera llamada… comenzamos, unos instantes transcurrieron antes de que se levantara el asombroso telón de cristal del teatro en el Palacio de Bellas Artes.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Inauguración del Palacio de Bellas Artes” del autor Jaime Bali Wuest y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 22