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  • miércoles, 26 de abril de 2017.

Hubo un abogado estadunidense que denunció la infame guerra de su país contra México

Por: William Jay (1789-1858)

Del libro de William Jay, Revista de las causas y consecuencias de la guerra mexicana, publicado en 1849, presentamos un pasaje poco conocido sobre la invasión a California en 1842, cuando el comodoro Thomas Jones izó la bandera estadunidense en el puerto de Monterrey.

 

 

“De todos los crímenes conocidos, el más atroz es el que consiste en hacer que estalle una guerra innecesaria; este crimen merece como ningún otro la ira de Dios y la execración de la humanidad. Es triste y humillante el hecho de que el Congreso americano se limitó a aprobar un decreto que bien supo que ocasionaría muchas quejas y lamentaciones, dolor y muerte”. 

 

Al ser nombrado Mr. [Waddy] Thompson Ministro [de Estados Unidos] en México, se intentó en la Cámara de Diputados o Representantes frustrar su misión por medio de una iniciativa de ley que tendía a suprimir del presupuesto de gastos del Gobierno la partida referente a sus emolumentos. Al oponerse a esta iniciativa, Mr. [Henry A.] Wise, de Virginia, sostén de la Administración en el Congreso, produjo el 14 de abril de 1842 un discurso típico, del que presentamos el siguiente extracto:

 

Texas tiene una población muy escasa y carece de hombres y de dinero propios para organizar y armar debidamente un ejército para su defensa; pero que enarbole el estandarte de la conquista extranjera; que proclame un estado de lucha contra los ricos territorios que se extienden hacia el Sur, y en un momento se verá que una multitud de voluntarios acuden a enlistarse bajo sus banderas, procedentes de todos los Estados en el gran valle del Misisipi, hombres de empresa, recios en el trabajo, a los que las tropas mexicanas no podrán resistir ni una hora siquiera. […]

 

¿Y acaso no significaría esto la expansión de la esclavitud? Sí, el resultado sería que, antes de otro cuarto de siglo, la esclavitud no se detendría por nada hasta llegar al océano Pacífico.

 

[…] una vez que se les propusiese [a los texanos] la conquista de las ricas provincias mexicanas, contenerlos sería más difícil que tratar de detener el viento. Una vez emprendida la hazaña, él (Mr. Wise) no creía que el Congreso pudiera contenerlo a él por mucho tiempo.

 

Dadme cinco millones de dólares y yo me encargaré de lo demás. Aunque yo no sé cómo colocar un solo escuadrón en el campo de batalla, ya encontraría hombres que lo hicieran, y con cinco millones de dólares para comenzar, ya me haré yo cargo de pagar a cada reclamante americano todo el monto de su reclamación, y aun con intereses, sí, ¡cuatro tantos más! Yo colocaría a California donde la Gran Bretaña, con todo su poder, no sería capaz nunca de poner la mano en ella. La esclavitud debe extenderse más allá de las fronteras, sin límite ninguno, sin detenerse hasta llegar al Mar del Sur [océano Pacífico]. No debieran los comanches tener en su poder por más tiempo las minas más ricas de México, y toda imagen religiosa de oro que haya sido profanada con el culto falso en los templos de México debería ser fundida inmediatamente, no para convertirse en pesos españoles, sino en buenas águilas norteamericanas. Sí, habría entonces una corriente monetaria muy caudalosa hacia los Estados Unidos, como ningún tesorero de la nación podría jamás poner en circulación en el país. Yo haría que cruzaran el río del Norte [río Bravo] corrientes de oro tan abundantes como las mulas de México pudieran transportar; y más aún, haría mejor uso de ese dinero que todos los sacerdotes perezosos y fanáticos que haya bajo el cielo. Yo no combato la religión particular de esos curas; pero digo que cualquier clero que ha acumulado y atesorado tamañas riquezas, debería ser obligado a devolverlas, y de mucho servirá a la especie humana el que todos esos bienes se esparzan por doquier y vayan a dar a quienes puedan favorecerse con ellos. Texas había declarado el bloqueo de toda la costa de México, y aunque no contaba con una flota suficiente para sostenerlo, habría podido realizarlo con sólo abrirse paso hacia la capital de México. Nada podría hacer toda la fuerza ostentosa de Inglaterra para contener a la caballería del Oeste, antes de que plantara la bandera de Texas sobre los muros de la ciudad de Moctezuma. Nada podría impedir que estos vagabundos de botas fuertes se lanzaran como un alud a arrojar a puntapiés a los sacerdotes españoles de los templos que han profanado. La guerra es una maldición, pero tiene también sus bendiciones. El que habla votaría en favor de la misión propuesta, como medio de conservar la paz; pero si tal misión ha de conducir a la guerra, entonces el que habla votará en su favor todavía con mayor gusto.

 

[…] Entre la vulgaridad y la falta de escrúpulos de su discurso, mucho hay que merece atención porque indica las opiniones y los planes de los esclavistas. Hemos visto ya qué dorados sueños de saqueo provocaba en la imaginación de ellos la idea de una guerra con México. Hemos visto también cómo soñaban con someter ilimitadas regiones a la servidumbre, a la esclavitud, y cómo, con muy poco gasto y peligro, esos caballeros confiaban en obtener, una cosecha de oro, tanto de las minas, como de los templos de México. Mr. Wise era el Presidente de la Comisión Naval del Congreso y contaba con toda la confianza de la Administración, y por ello su referencia a California tuvo una significación muy peculiar y bosquejaba sucesos próximos. La anexión de Texas era el objeto inmediato de los esclavistas; pero California se alzaba ante su codicia en el horizonte, y muchos ojos llenos de avidez se fijaban en aquel territorio con la idea de llevar la esclavitud hasta el océano Pacífico.

 

Mr. [Abel P.] Upshur, el ciudadano de Virginia que en 1829 quería que la adquisición de Texas sirviera para subir el precio de los esclavos y que ahora era Secretario de la Marina, en su informe del 4 de diciembre de 1841 anunció al Congreso que “en la Alta California hay un gran número de colonias de americanos; y, muchos otros estadounidenses se están trasladando cada día a esos territorios fértiles y deliciosos. Pero es tal la situación caótica de todo ese país, que los colonos de que se habla no pueden sentirse tranquilos y seguros en sus personas y en sus bienes si no cuentan con la protección de nuestra fuerza naval”. También declaró Upshur que: “Es altamente deseable que el Golfo de California sea explorado minuciosamente, y este deber bastará para dar empleo por mucho tiempo a uno o dos barcos del tipo pequeño”. Así se presentaba una excelente ocasión para obligor a México a entrar en guerra y para arrebatarle el territorio de California. Nuestros barcos de guerra estarían recorriendo continuamente la costa y sus oficiales levantarían planos de los puertos e intervendrían en toda disputa que surgiese entre las autoridades mexicanas y los americanos aventureros e intrusos.

 

Pocos días después de haberse rendido este informe, el comodoro [Thomas A. C.] Jones, también de Virginia, recibió órdenes de trasladarse con un escuadrón al Pacífico. Se le dieron instrucciones especialmente de dedicar uno o dos barcos a recorrer de vez en cuando o constantemente la costa e internarse en el Golfo de California. Sus oficiales “dedicarían especial atención a examinar las bahías y puertos que visitaran y asentar correctamente sus posiciones geográficas”. La conquista subsiguiente de California testifica la previsión de los señores [John] Tyler [presidente de Estados Unidos] y Upshur. No hay por qué suponer que se hubiera permitido al comodoro Jones que partiera sin enterarse bien antes de los deseos y las esperanzas de sus jefes. Muy bien ha de haber entendido él sin duda, aunque no recibiera instrucciones formales sobre el particular, que su deber era aprovechar toda ocasión que se le presentase para meter mano en California. En mayo de 1842, el Secretario de Relaciones de México [José María Bocanegra] envió una circular al Cuerpo Diplomático declarando que el Gobierno mexicano protestaba contra la ayuda proporcionada a los texanos por ciudadanos de los Estados Unidos con la tolerancia de su propio Gobierno. Al mismo tiempo el funcionario de México dirigió una carta a Mr. [Daniel] Webster, Secretario americano de Estado, protestando formalmente contra el hecho de que el Gobierno federal americano permitiese la violación perpetrada por sus ciudadanos de los deberes que la neutralidad impone, al ayudar abiertamente a los insurgentes de Texas. Estos dos documentos aparecieron en un periódico mexicano que cayó en manos del comodoro Jones en Callao [Perú] junto con un periódico de Boston en que aparecía, como procedente de un periódico de Nueva Orleans, una de esas mentiras tan comunes respecto a una intervención inglesa, fábula que habían urdido durante muchos años los partidarios de la anexión en apoyo de su movimiento.

 

[…] salió del Callao el 7 de septiembre de 1842 y “a toda vela se dirigió hacia la costa de México” (California). Al día siguiente llamó a consejo a todos sus oficiales, les mostró los documentos a que hemos hecho referencia y les dijo que a juicio suyo el escuadrón británico se dirigía hacia Panamá, “donde será reforzado con tropas, etc., de las Indias occidentales destinadas a la ocupación de California”.

 

 

Esta publicación es sólo un fragmento del artículo "William Jay (1789-1858)" que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 103.