General Antonio de León, defensor de Molino del Rey

Cartografía urbana
Luis Arturo Salmerón Sanginés

El defensor de Molino del Rey, general Antonio de León, inició su carrera militar durante la guerra de independencia del lado del bando realista. Al igual que muchos de los hombres de su generación, se unió al cambio de marea propiciado por el Plan de Iguala que llevó al poder a Agustín de Iturbide y a muchos de sus partidarios.

 

Antonio de León fue nombrado por Iturbide comandante de las Tres Mixtecas y, una vez concluida la Independencia, comandante de Oaxaca. Hombre de su tiempo, combatió a su antiguo jefe cuando éste optó por el imperio.

 

Fue diputado en el Congreso Constituyente de 1824. Su carrera militar recibió un importante impulso cuando participó en las acciones que desembocaron en la anexión del Soconusco a México entre 1841 y 1842. Como recompensa recibió el grado de coronel. También en esos años participó en la revuelta organizada para derrocar al gobierno centralista de Anastasio Bustamante, obteniendo el puesto de jefe militar y civil del Estado. En 1842 fue el primer gobernador de la entidad oaxaqueña.

 

Cuando la intervención norteamericana, ya ocupaba el rango de general y participó en algunas acciones menores. Sin embargo, la historia le reservaba un último papel protagónico en la defensa del postrero baluarte mexicano con posibilidades reales de enfrentar al enemigo invasor: Molino del Rey.

 

La batalla de Molino del Rey ocurrió el 8 de septiembre de 1847 entre el ejército estadunidense y los restos del ejército mexicano durante la guerra de intervención, en las inmediaciones de la ciudad de México.

 

Después de las derrotas en Padierna y Churubusco, el general Winfield Scott decidió dar el golpe de gracia al ejército mexicano atacando en el poniente de la ciudad una vieja y sólida construcción virreinal denominada Molino del Rey, en los límites del bosque de Chapultepec.

 

Al amanecer, los cañones estadunidenses abrieron fuego contra las posiciones mexicanas. La brigada de infantería del general Antonio de León llevaría sobre sus hombros el peso del combate y sus hombres se portaron a la altura del apellido de su jefe, batiéndose como leones e inclinando la balanza de la batalla hacia el bando nacional en lo que pudo ser una victoria que diera cierto respiro a la casi asfixiada república. Sin embargo, la falta de coordinación o pericia entre los altos mandos defensores de la posición propiciaron que la caballería del suriano Juan Álvarez no rematara la labor de la infantería y artillería mexicanas y la posible victoria se convirtió en cruel derrota. El último dique había caído. El general De León tuvo el consuelo de no ver derrotada a su brigada, ya que ese postrero intento por defender su patria le costó la vida.

 

Este arrtículo se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México, número 50.