• miércoles, 22 de noviembre de 2017.

El golpe de Estado contra Madero

Por: Pedro Siller

El 9 de febrero de 1913, Huerta supo que finalmente, y contra sus intenciones de posponerla hasta tener una seguridad completa del éxito, la rebelión había estallado y su posición era difícil. Por una parte, temía que sus antiguos camaradas como Ruiz y Mondragón lo arrestaran, por decir lo menos, debido a que había participado en el complot pero no se había adherido finalmente y que, en buen español, “sabía demasiado”. Por otra, era factible que el secretario de Guerra, García Peña, conociendo sus relaciones con los rebeldes, o lo arrestaba o lo fusilaba. Fue así que intentó escapar. Salió de su casa para esconderse, a Tacubaya dicen unos, a Coyoacán con su compadre Urrutia, dicen otros. El caso es que pasó por la Alameda central y para su sorpresa se encontró con la comitiva encabezada por Madero, en la que iba el general García Peña. Para su sorpresa, pues no sabía cuál iba a ser la reacción de Madero o del secretario, escuchó:

"Llega usted en el momento más oportuno señor general”, le dijo el Presidente al general Huerta. “En qué le puedo servir a usted señor Presidente?”. “Tome usted el mando de todas las fuerzas militares de la plaza y todos los elementos de combate que usted pueda reunir en estos momentos. Diríjase al Palacio Nacional... y sin pérdida de tiempo, organice la defensa y mande una escolta para que me lleve a Palacio.” “Así lo hare, señor presidente,” dijo Huerta. [1]

Ese mismo domingo 9 de febrero, Madero salió en automóvil a Cuernavaca en busca del general Felipe Ángeles, con la finalidad de traerlo junto con sus tropas a la Ciudad de México. Para éste debió ser una amarga noticia saber el nuevo cargo de Huerta, quien en cuanto supo que Madero había dejado la capital, comentó: “Con que ya no tenemos presidente”. Y quizá recordó, a solas en Palacio Nacional, aquél día de 1877. Huerta y el resto de los militares nunca le permitieron a Ángeles tomar iniciativa alguna.

El régimen maderista estaba condenado; ni sus propios correligionarios tenían fe en la victoria. Durante los diez días siguientes Huerta, Blanquet, Mondragón y Félix Díaz, al igual que Beltrán y García Peña, los viejos camaradas de colegio y de guerra, hicieron como que peleaban entre sí ante la población y armaron un teatro que costó cientos de civiles muertos. Midieron fuerzas, negociaron, recordaron los días de adolescencia y juventud, las campañas militares, con la consecuente hermandad que surge entre ellos. Después, bajo el manto protector de la embajada norteamericana, firmaron un pacto para poner fin a un Madero abandonado ya por todos. El golpe no era solamente de Huerta, era de todo el ejército y, de paso, de una sociedad que vio con indiferencia, y quizá con cierta naturalidad, el destino del mártir.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “El golpe de Estado contra Madero” del autor Pedro Siller y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 92.

 

[1] Stanley R. Ross, "Victoriano Huerta visto por su compadre". Historia mexicana, vol. XVII, núm. 46, oct-dic/1962, p. 319.