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  • domingo, 17 de diciembre de 2017.

De bandido a jefe revolucionario

Por: Pedro Salmerón Sanginés

Nacido en el rancho de La Coyotada, municipio de San Juan del Río, Durango, en 1878, en el seno de una familia de campesinos pobres, Doroteo Arango Arámbula perdió a su padre siendo niño y desde entonces trabajó como peón o mediero en una hacienda, para colaborar en la manutención de su familia.

A los 16 o 17 años, Doroteo abandonó la penosa vida del peón de campo para dedicarse al más productivo y aventurero oficio de salteador de caminos. Se echó al monte, según la leyenda cultivada por él mismo, porque el patrón intentó abusar de su hermana, aunque ya apuntaba el periodista John Reed en 1914, “es más probable que la causa haya sido la insoportable altanería de Villa.

La leyenda construída en los años de gloria de Pancho Villa lo pinta como un Robin Hood de las sierras de Durango, pero la evidencia lo muestra como un bandido de poca monta que alguna vez conoció la cárcel y pasó unos meses como recluta en el ejército, arrastrado por la leva.

Hacia 1901 o 1902, luego de desertar del ejército, Doroteo Arango, ya con el nombre de Pancho Villa (la elección de ese nombre también ha suscitado acaloradas discusiones), se trasladó al vecino estado de Chihuahua para escapar de la justicia. En el estado realizó actividades legales, tanto la muy humilde de peón de albañil, como la audaz y respetada de conductor de metales preciosos desde la sierra hasta las estaciones del ferrocarril; combinándolas con el robo de ganado, actividad ilegal que no era mal vista en Chihuahua, pues para muchos hombres del campo –que durante dos siglos habían considerado que las vastas llanuras chihuahuenses eran un coto abierto en el que cualquiera podía cazar–, los terratenientes se habían apoderado injustamente de las tierras que ahora poseían, violando costumbres profundamente arraigadas. Robar animales a esos hacendados no era considerado un delito, sino la restauración de derechos tradicionales. Esta tolerancia social hacia el abigeato se explica, pues, por los agravios infligidos en complicidad con los gobiernos local y federal.

En 1910 estos agravios confluyeron con el llamado a la rebelión hecho por don Pancho Madero para llevar a los rancheros de Chihuahua a la revolución. Ellos fueron la columna vertebral de la rebelión y Villa fue, desde el principio, uno de sus jefes más respetados. Para entonces tenía 32 años, era un jinete infatigable y diestrísimo, infalible tirador y magnífico conocedor de las sierras. Era de buena presencia y fácil trato, salvo en sus momentos de cólera, que podían ser terribles. Odiaba con encono a los hacendados y apreciaba el valor y la lealtad como virtudes cardinales. Era decidido y poseía una inagotable energía. No fumaba ni bebía, pero era extremadamente mujeriego. Tenía una inteligencia natural poco común, muy aguda, pero escasamente cultivada; aún se discute si para 1910 sabía leer y escribir o aprendió esas artes en la cárcel, en 1912.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “De bandido a jefe revolucionario” del autor Pedro Salmerón Sanginés y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 63.

 

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