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  • domingo, 17 de diciembre de 2017.

¿Cómo viven el arte de jugar los niños mexicanos?

La tradición ancestral de los juguetes populares
Por: Fondo Nacional para el Fomento de las Artes

En México existe una diversidad muy amplia de juguetes, entre los que destacan los más populares y tradicionales, elaborados por artesanos de diferentes estados de la República. De origen religioso muchos de ellos, estos artefactos se convirtieron con el tiempo en sinónimos de recreo, divertimento y alegría, además de que han alentado la imaginación de niños y jóvenes. Ahora, incluso, son objeto de colección.

 

 

Especialistas en arte popular señalan que nuestro país es uno de los que cuenta con mayor variedad y cantidad de juguetes hechos a mano, lo que ha permitido mantener una tradición juguetera nacional desde hace siglos.

 

En la época prehispánica se elaboraron, en forma de juguete, objetos de uso cotidiano para que los niños aprendieran técnicas básicas y desarrollaran sus habilidades. Dos ejemplos son: para las niñas, el telar de cintura; para los niños, las herramientas de labranza. Algunos investigadores asocian también las figuras-objetos en forma de juguetes a actos rituales, ya que se han encontrado en ofrendas funerarias.

 

Ya en el periodo colonial se conjugaron los juguetes europeos con los elaborados en Nueva España, lo que dio paso a las matracas de madera, hojalata y hueso; las mulitas de hojas de maíz; sombreros, turbantes, espadas y caballitos de papel, cartón y madera; piñatas de barro y cartón; soldaditos de barro, plomo –ahora en desuso– y madera; títeres; trenecitos de madera, cartón o lámina.

 

Actualmente, además de los populares, en México existen los juguetes educativos, que apoyan el aprendizaje de los niños, y los comerciales, de producción masiva y anclados en la cultura de consumo.

 

En contraste, el juguete popular elaborado por artesanos utiliza materias primas propias de su región, es hecho por el pueblo y destinado a él mismo. A diferencia del industrializado, es barato, debido a los materiales utilizados en su elaboración y al trabajo del artesano. Es creado con las manos y herramientas básicas, que se suman a la fantasía y a los conocimientos del medio.

 

El artesano juguetero conoce su cultura, diseña la obra en su imaginación, colecta los materiales y la construye; le da sentido propio a su trabajo y lo desarrolla con cariño, pues sabe que su obra está destinada a niños –que pueden ser sus propios hijos– y a los miembros de la comunidad, así como a la región, a su país e incluso al extranjero.

 

Diversos investigadores señalan que en México existen dos tipos de juguetes populares: los elaborados en el curso del año y los que se usan en fiestas tradicionales. Entre los primeros se encuentran avioncitos y cochecitos de cartoncillo y madera; rehiletes, globos de colores; figuras de hojalata como mariposas, aves y maromeros; papalotes, canicas, trompos y baleros; loterías y juegos de tablero; títeres de madera o de barro; muñecas de cartón, sonajas y silbatos. Corresponden a los segundos los que se elaboran en Semana Santa, como máscaras y muñecos de cartón de “judas”, diablos y charros; en Corpus Christi, las mulitas hechas de hojas de maíz, cartón o barro; las calaveritas de barro de los días de Todos los Santos y de Muertos; en las Posadas y Navidad, los nacimientos hechos con barro, cera y fibras vegetales.

 

Diversidad, técnicas y materiales

 

Cada estado, región o población del país se caracteriza por su producción juguetera. Respecto al barro, por ejemplo, a veces dentro de una misma entidad la producción muestra diferencias notables, tanto por sus materiales como en la forma de concebir el juguete; así ocurre en el Estado de México con San Antonio La Isla y Metepec; en Michoacán, con Tzintzuntzan y Ocumicho; en Jalisco, con Tlaquepaque, Tonalá y Santa Cruz; o en Oaxaca, con Atzompa y Tehuantepec.

 

En las comunidades indígenas se elabora un tipo de cerámica de aspecto “primitivo”, no sólo por sus técnicas originales sino por ciertos rasgos característicos. En Coyotepec, Oaxaca, por ejemplo, las piezas bruñidas de barro negro son diferentes por este motivo a las de cualquier lugar del país, ya que el bruñido y el esgrafiado les otorgan un encanto adicional; allí los juguetes más sobresalientes son las sonoras esquilas en juegos de cuatro o más campanas, las flautas, las sirenas y los tecolotes, además de infinidad de trastecillos que son la delicia de las niñas. En Ameyaltepec y Tolimán, Guerrero, animales en un barro ocre claro, decoradas con tierra roja, similares por su apariencia y factura a los juguetes cerámicos que se hacen en Tantoyuca, Huatusco y Blanca Espuma, Veracruz; Chililico, Hidalgo; Tehuantepec, Oaxaca; Amatenango, Chiapas; y en la sierra tarahumara de Chihuahua.

 

Más delicados son los juguetes de Tonalá, Jalisco, en “barro bandera”, de “petatillo”, o el decorado y bruñido, en los que se observa la más refinada técnica ancestral que, desde el siglo XIX, se aplicó a piezas decoradas y bruñidas, como botellones, floreros, tecomates, etc., y que actualmente se aplica en la juguetería: pequeños trastecillos, pájaros, palomas, tortugas, tecolotes...

 

Por otro lado, el engredado o “vidriado”, común a un tipo de juguetes procedentes, entre otros lugares, de Santa María Atzompa (Oaxaca), Tzintzuntzan (Michoacán) y Metepec (Edo. de México), ya es de origen español, como lo es también el procedimiento para fundir el vidrio, mediante el cual se obtienen figuritas de animales, floreros y jinetes.

 

La naturaleza es rica en fibras vegetales. En México esta materia prima proporciona una gran variedad de recursos para la elaboración de la juguetería popular. Las más utilizadas son: tule, carrizo, ixtle, sisal, hoja de maíz y palma, con las que se tejen canastitas, muñecas, trastecitos, animalitos, etcétera. Las figuras varían en tamaño, desde las miniaturas de “Chuspata” elaboradas en la zona lacustre de Michoacán, o las de palma de Chigmecatitlán, Puebla, hasta las de grandes dimensiones, como los “carranclanes”, las mulitas y las cabalgaduras de tule hechos en Lerma, Edo. de México. Lo mismo puede decirse de las figuras zoomorfas de vainilla, creadas en Papantla, Veracruz.

 

Las muñecas, sean de trapo, cartón o madera, en su mayoría están ataviadas con la indumentaria tradicional de su grupo, con todos los accesorios y las prendas elaboradas técnicamente igual que las originales, pero en miniatura.

 

Raíces, cortezas, troncos, ramas, florescencias, frutos, fibras y semillas son derivados de la madera que se aprovechan de múltiples formas para hacer juguetes. La mayoría de las veces se trabaja con herramientas elementales que van desde navajas, hojas de rasurar o machetes, hasta un formón, una gubia o un rudimentario torno manejado con pies y manos.

 

El juguete de madera tiene dos variantes: es producto de una habilidad escultórica del artesano, como las figuras humanas y zoomorfas de Apaseo el Alto, Guanajuato, o los alebrijes de madera policromada de los mixes en Oaxaca; o es el resultado de una disposición o ensamble de los elementos de la carpintería al servicio de la producción juguetera, como los articulados de Juventino Rosas, Silao, Irapuato y Celaya, en Guanajuato, o los ajuares de madera de copalillo, pino y cedro, los escritorios de cortina con diminutos cajones y pequeños muebles para casas de muñecas que se elaboran  en Puebla, Querétaro y Distrito Federal.

 

Posiblemente una de las técnicas de mayor reconocimiento sea la de las lacas o maques. Destaca la producción de juguetes y miniaturas hechas con este método en Temalacatzingo, Guerrero, o las miniaturas de maque embutido de Pátzcuaro, Michoacán.

 

El cobre ya se trabajaba en Mesoamérica antes de la llegada de los españoles. La técnica y el espíritu del batidor de cobre prehispánico subyacen en el actual metal martillado que se produce en Santa Clara del Cobre (Michoacán), así como en las jarras, cazos y floreros en miniatura.

 

Desde la época colonial, la hojalata ha permitido a los artesanos crear los más diversos artículos. Botes lecheros, cubetas, regaderas para plantas y muchos objetos más son reproducidos en ingeniosos y sencillos juguetes. Otros, con movimiento, son de tradicional hechura: mariposas y pájaros sobre ruedas que mueven sus coloridas alas; espirales y rehiletes, aviones y automóviles tirados por un simple cordel, y barquitos impulsados por el calor de una vela.

 

En el México prehispánico el papel fue de gran importancia para elaborar los famosos códices, decorar templos y casas, y aun como materia prima para vestidos. La habilidad con que el artesano maneja este material, aunada a su fragilidad, lo vuelve ideal para la creación de juguetes. Máscaras con forma de coyote, de calavera, de payaso, de viejito con cejas y bigotes de algodón; elegantes damas con sombreros y tocados de “plumas” moldeadas con el propio cartón, así como muñecas de este material articuladas en piernas y brazos, son vistosamente pintadas y generosamente salpicadas con diamantina. De igual forma, los niños cabalgan sobre caballitos que tienen su cabeza de cartón unida a un palo que le sirve de cuerpo, una de las más modestas y bellas muestras del juguete popular mexicano.

 

Los “judas” de papel y cartón se truenan el Sábado de Gloria; Guanajuato es quizá el más importante productor. En San Miguel de Allende se hacen además toritos, tortugas y otras figuras para los fuegos artificiales que tienen, en algunos casos, ruedas de carrizo encuetadas que giran al encenderse.

 

La piñata se usa durante las Posadas y en las fiestas infantiles. Es uno de los principales juguetes-objeto de papel y cartón dentro del arte popular de México. Celaya, Guanajuato y Distrito Federal son sus más importantes centros productores.

 

¿Jugamos?

 

El juguete popular es un centro de acumulación simbólica y de cultura, refleja la época y el contexto social en los que se produce; es también una pieza fundamental de la artesanía mexicana. Es parte de las tradiciones de todos y cada uno de los pueblos de nuestro país, difícilmente encontraremos un lugar donde exista una persona que no haya tenido juguetes artesanales en su infancia.

 

A los niños les gustan los juguetes de este tipo porque son piezas únicas. Les gustan también por su ingeniosa sencillez, sin complicados mecanismos, lo que les permite mantenerse activos, desarrollar su inventiva, imaginación y fantasía, además de que pueden convertirlos en sus mejores amigos.

 

Los juguetes mexicanos tradicionales fueron hechos para girar, rodar, saltar y divertirnos, pero también para aprender cosas nuevas y enseñarnos aspectos de la vida, de manera que permiten echar a volar la imaginación e inventar un sinfín de historias que podemos compartir con todos los que nos rodean. Nos han ayudado a desarrollar habilidades, con ellos hemos retado a la suerte y hemos creado nuestros propios mundos.

 

 

El artículo "El arte de jugar" del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 40