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  • viernes, 18 de agosto de 2017.

Artesanos negros en Ciudad de México

Por: Sandra Nancy Luna García

En Nueva España, la introducción masiva de hombres y mujeres en condición de esclavitud que provenían de África, España y las Antillas se debió a la necesidad de mano de obra, causada por la alta mortandad de los indios como consecuencia del proceso de conquista y colonización del amplio territorio.

 

En la época virreinal, Ciudad de México fue uno los lugares que más concentró a negros y sus descendientes (mulatos, moriscos, pardos, lobos y morenos). En un principio llegaron a la urbe como esclavos, formando parte de la servidumbre de funcionarios civiles y religiosos, así como de los colonos, pero al estar inmersos en un medio con cierta movilidad social y económica se dieron cuenta de las formas a las cuales podían acceder para conseguir su libertad: compra o donación. Dichas posibilidades permitieron el crecimiento de la población libre, que junto con los vínculos familiares y el estatus económico que algunos miembros de la comunidad negra habían adquirido, ayudó a que otros más alcanzaran su libertad.

 

En la capital, los negros y sus descendientes libres o libertos (los que compraron su libertad) fueron considerados como súbditos de la Corona española; es decir, les fueron extendidos los derechos y obligaciones que su nueva categoría les confería: representación, protección y privilegios. Podían disponer libremente de su persona, residir y morar en la ciudad y fuera de ella, elegir su oficio, formar parte de una corporación y recibir paga por su trabajo.

 

En cuanto al porcentaje que representaban de la población, para el siglo XVIII y de acuerdo con las cifras arrojadas por los censos levantados durante ese periodo (1753, 1777, 1790) estaban entre el diez y quince por ciento del total de habitantes de la ciudad. La proporción pudo ser mayor, ya que algunos descendientes de africanos fueron registrados como mestizos e incluso como españoles, como fue el caso del pintor José de Ibarra, registrado en el libro de bautismo de las castas, aunque en su vida cotidiana se presentaba como español.

 

El ingreso de la población negra y sus descendientes en el sector artesanal se dio desde el siglo XVI. Fue en los talleres de la ciudad donde realizaron una diversidad de actividades enfocadas en las artes y oficios.

 

Artesanos, talleres y gremios

 

Ciudad de México albergó las principales instituciones políticas, religiosas y económicas. Entre las últimas predominaron los establecimientos artesanales, es decir, los talleres que eran el lugar de trabajo de quienes confeccionaban a mano sus productos. En ellos se aprendían los oficios más calificados y mejor remunerados. Al interior, se seguía una estructura jerárquica de acuerdo con el grado de especialización: maestros, oficiales y aprendices; al exterior, por el tipo de materia trabajada: oro, plata, seda, algodón, madera o metal.

 

Los talleres, por lo regular, funcionaron como habitación de los artesanos y sitio de venta de los productos que realizaban. El número de trabajadores que se concentró en estos sitios respondió a la capacidad productiva y a los estatus gremiales de cada corporación; podían encontrarse de uno a diez personas. En cuanto a los lugares de ubicación, se encontraban en las calles céntricas de la ciudad, aunque algunos se colocaron en sus alrededores, como los dedicados a textiles, cuero y madera. Por ejemplo, las sastrerías estaban en la calle de Palma, el Coliseo Viejo (hoy Bolívar), San Agustín (República de Uruguay), La Profesa (Francisco I. Madero), San Bernardo y Tacuba. Las herrerías y talabarterías se establecieron en la calle de Mesones, en la de San Agustín, y algunas otras detrás del Hospital de San Juan de Dios, mientras que las zapaterías en Cerrada de Jesús (avenida 20 de Noviembre), San Francisco (Madero), Balvanera (República de Uruguay) y Mesones, donde también se situaban los sombrereros.

 

Los artesanos, a su vez, pertenecían a un gremio, corporación que concedía a sus miembros el beneficio de dedicarse a un oficio, cuidaba tanto de sus derechos como de sus obligaciones y se encargaba de vigilar las relaciones entre los artesanos y la esfera de la producción. El gremio formaba parte de la estructura administrativa de la ciudad y estaba bajo la tutela de las autoridades del ayuntamiento. Su importancia seguía un orden horizontal que radicaba en el oficio y en la materia prima que se empleaba: plateros, pintores, sastres, herreros, tejedores, curtidores, silleros, por mencionar algunos.

 

La población negra y sus descendientes desempeñaron principalmente los oficios bajo los cuales se elaboraban los productos que satisfacían las necesidades de la población capitalina: zapatos, telas, ropa, bordados, sombreros, enseres domésticos, sillas, monturas, herramientas, etcétera. Aunque también estuvieron presentes en los gremios que confeccionaban géneros suntuosos como los plateros y pintores, entre los cuales se encuentra el caso de Juan Correa, quien mediante su oficio logró consolidar una importante posición social y económica, además de que ocupó el cargo de veedor del gremio y recibió en su taller a jóvenes de diversos orígenes.

 

Interesa subrayar que los grupos de origen africano estuvieron en condiciones y circunstancias similares al resto de los artesanos; al poser parte de la corporación gremial pudieron apelar a sus derechos y exigir el pago de un salario. Al mismo tiempo estuvieron sujetos a las obligaciones que la pertenencia al gremio imponía, como el pago de impuestos y limosna para el santo patrono de su cofradía; aunque no por ello fueron un grupo homogéneo, ya que existieron diferencias importantes en el nivel o categoría laboral, esencialmente a partir de los que eran aprendices u oficiales y aquellos que contaban con un capital para abrir un taller.

 

Cómo se convertían en artesanos

 

Las razones a partir de las cuales negros y mulatos se convirtieron en artesanos e ingresaron a la corporación gremial fueron diversas. Al principio se debió al rechazo y abstencionismo de los españoles para realizar trabajos manuales, luego fue el hecho de que conformaron sectores numerosos de la población –cuya cultura y riqueza se había incrementado– y finalmente el que, deseosos de los honores y probables beneficios de ejercer un oficio, acudían ante las autoridades para solicitar ser miembros de la corporación gremial…

 

 

Esta publicación es sólo un fragmento del artículo "Artesanos negros en Ciudad de México" de la autora Sandra Nancy Luna García, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 107