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  • domingo, 17 de diciembre de 2017.

19-S: El punto de vista de los historiadores

Por: Bertha Hernández

 

Quizá el torbellino de ideas comenzó la madrugada del 8 de septiembre, cuando en las redes sociales muchos de nosotros, con esa instintiva urgencia de seguridad y consuelo que nace ante lo que supera nuestras fuerzas y capacidades, intentábamos procesar nuestra experiencia: éramos sobrevivientes de un sismo de magnitud 8.2, ocurrido al filo de la media noche del día 7. Una vez más, como tantas otras, el sonido de la alerta sísmica nos arrancó del lecho o del sillón; una vez más, los habitantes de la ciudad de México salimos de nuestros hogares, de las oficinas, de los bares llenos en los rumbos gentrificados. Una vez más, nos asaltó la incertidumbre, ese relámpago interno, aterrador: ¿la alarma anunciaba un sismo leve, de esos que provocan chistes y quejas en Twitter o era algo más grande, más terrible?

 

La tierra comenzó a moverse y las calles se oscurecieron. “¡Aléjense de los postes y de los cables!”, gritó alguno con más sangre fría. Largo y tremendo fue el sismo; largo el miedo, larga la angustia por los seres queridos. Luego, la calma, y el remedio del día para todo suceso que impacta a la sociedad: el desahogo en las redes. El ciberespacio multiplicó el consabido “¿Todos bien?”, mientras los helicópteros cruzaban la gran ciudad en tinieblas. Los protocolos de protección civil, herencia de aquellos terremotos de 1985, que para muchos eran casi una leyenda, se activaron.

 

En ese mar de comunicaciones digitales, cruzadas con los reportes de la radio y la televisión, surgió la pregunta del historiador Felipe Castro, un tanto en broma, un tanto en serio: “¿en qué piensan los historiadores durante un sismo?”

 

Algunas respuestas recibió el doctor Castro aquella madrugada. Hubo quien recordó el antiguo método virreinal para intentar descifrar los temblores de tierra: rezar credos, padres nuestros y avemarías para determinar la duración del fenómeno. Otros pensaron en el miedo que los invadió y en los santos patronos que las ciudades novohispanas tenían para que las protegieran del caos y del desastre. Alguno más pensó en lo frágil que es nuestra integridad física ante los desastres naturales y peor aún si estamos en la ciudad de México y tenemos alguna idea de las consecuencias de los terremotos de 1985.

 

Muy pronto nos enteramos: el sismo que nos quitó el sueño y el ánimo tuvo una magnitud de 8.2 y provenía del sureste del país. Al correr de las horas supimos de los daños en Oaxaca, en Chiapas, en Tabasco, donde casi nunca tiembla. Casas, oficinas, escuelas y templos acusaban el castigo. La solidaridad empezó a fluir en forma de ropa, de alimentos, de brigadas de inspección y de rescate. En esas estábamos cuando, de nueva cuenta, la tierra se movió. Cerca, muy cerca de la ciudad de México. A la mitad de la jornada, inesperado y brutal, como un tiro que no mata, pero que deja una cicatriz que nunca se borrará.

 

De veras, ¿en qué piensa un historiador?

 

Imposible sustraerse al miedo. El sismo de 19 de septiembre de 2017, de magnitud 7.1 y con epicentro en el estado de Morelos, trastocó toda nuestra experiencia contemporánea en materia de temblores: demasiado cerca, demasiado fuerte. El sur de Ciudad de México dejó de ser la “zona segura” que mucho tiempo se creyó y colonias donde sismos de otras épocas no tenían mayores consecuencias que un susto, entraron en el mapa de los desastres. La memoria de muchos comenzó a funcionar, y se volvieron a vivir, en algunos rumbos de la capital, momentos que evocaban las tragedias de 1985. Pero si en algún momento debe intervenir la voz del historiador para intentar comprender lo que vivimos en este nuevo 19 de septiembre, es en la lectura de las jornadas dislocadas que vivimos, en contrastar toda nuestra experiencia previa con la de ese martes, aún tan cercano; en preguntarnos si acaso hemos aprendido las lecciones de 1957 y de 1985 y ahora sí, nos hacemos a la idea de empezar a respetar y entender los fenómenos sísmicos.

 

Nuevas lecciones y cambio generacional

 

José Joaquín Blanco escribió en 1987 que “se nos olvida que en México tiembla”. De golpe, la solidaridad, la reacción inmediata de los que salieron indemnes del terremoto de las 13:14 horas eran una realidad en las calles: una joven médica dirigía el tránsito en una gran avenida; madres de familia conducían grupos de escolares hacia puntos de encuentro. De repente, todo eso que ya era vida cotidiana, como el macrosimulacro de los 19 de septiembre, con todas sus recomendaciones incluidas, cobró actualidad e importancia. Los sucesos de 1985 dejaron de ser leyenda y se volvieron inspiración. Y en esos contrastes, donde el historiador podrá comenzar a leer las reacciones de los mexicanos del siglo XXI.

 

Primera lección: eso que se llama “cultura de protección civil” es una realidad perfectible. De algo sirvieron, en muchas escuelas, los años de entrenamiento de nuestros niños y jóvenes. Las autoridades pusieron en marcha planes y programas de atención y seguridad que en la convergencia de dos desastres, resultaron insuficientes. Pero en 1985 no había un plan de prevención, no existía la alerta sísmica y con ella, la conciencia de que un minuto puede ser la línea que separa la vida y la muerte.

 

Segunda lección… aprendida a medias: la organización de la sociedad civil. Hace 32 años, aguantándose el llanto y el miedo, muchos mexicanos se organizaron para rescatar y exigir alternativas de reconstrucción que, si bien dieron algunos resultados, también propiciaron el surgimiento de un sistema clientelar de presunta izquierda que se incrustó en el sistema político de fines del siglo XX. En 2017, las demandas de eficacia y transparencia –ese invento de la transición democrática- de una sociedad profundamente a disgusto con la clase política, constituyen la prueba del ácido que las autoridades aún no terminan de superar. En cambio, los millennials hallaron el momento para demostrar que no son el estereotipo egoísta y ensimismado del que tanto se habla. Todo el potencial de estas generaciones, que afloró en septiembre de 2017, hallará su gran reto en el proceso político electoral que está por comenzar.

 

Tercera lección: los sismos y la ciencia. Calcular la duración de un sismo con un credo no es sino una curiosidad. Hoy por hoy, la sismología y las técnicas de construcción están en boca de todos, entendidos o no. El trabajo de investigadores y profesionales rigurosos se refleja en las evaluaciones de los sismos, se aplica en los sistemas preventivos y en las normas de construcción. Cualquiera habla ya de epicentros, magnitudes y aceleraciones; de amplificación de ondas sísmicas, de suelos fangosos y de otros tipos. Poco a poco, aprendemos lo que significa vivir en un país sísmico.

 

Cuarta lección, con logros parciales y graves errores: el combate a la corrupción. Como en 1985, se descubrió que no bastaba con tener buenos reglamentos de construcción. Había que aplicarlos y vigilar que se cumplieran. En 1985 se descubrió que algunos derrumbes se pudieron haber evitado si los materiales empleados en las construcciones hubieran sido de la calidad necesaria, si los calculistas hubieran hecho su trabajo a conciencia; si nadie hubiera incurrido en actos de corrupción o incompetencia al construir torres y edificios de departamentos.

 

El combate a la corrupción es uno de los grandes retos del México de 2017. Los sismos recientes muestran que las normas de construcción en zona sísmica son factores indispensables para la vida en puntos sensibles y que, pese a la experiencia previa, hay datos que apuntan a manejos deshonestos en los procesos constructivos. Depende de estos que somos en el presente, que ese combate se traduzca en mayor seguridad.

 

Quinta lección: el cambio generacional: En 1985, los “topos”, aquellos rescatistas forjados en una combinación de terquedad e intuición se convirtieron en el símbolo de una sociedad decidida a remontar el desastre. ¿Extraña que en 2017 sea Frida, la perrita rescatista de la Marina Armada de México, la figura que en emojis, hashtags, canciones, programas televisivos y tatuajes, encarne la voluntad de rehacernos? ¿Extraña realmente que Frida sea imagen de aliento cuando las nuevas generaciones tienen “gathijos” y “perrhijos”? Los mexicanos de 2017 crearon un nuevo sistema simbólico: el puño en alto, en el más completo silencio, en la noche más oscura, es la gana de vivir que no se rinde, es el “nosotros” reconstruido, el “aquí estamos”, para vencer el miedo.

 

 

El artículo "19-S: El punto de vista de los historiadores" de la autora Bertha Hernández se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 111.