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  • domingo, 17 de diciembre de 2017.

El preciado líquido

Por: Alberto Sánchez Hernández

Fue largo el camino, incluso podría decirse que esta bebida nació junto al proceso civilizatorio de la humanidad, fue abriéndose paso aquí y allá; en Europa adquirió los dones que la harían famosa, entre nosotros su presencia fue accidentada y marginal. Asomó con más fuerza, no mucha, al final del siglo XIX, luego esperó unas décadas hasta que la invención de la corcholata y el imperio del hielo le dieron el escudo y la espada para vencer y desplazar al pulque.

 

La cerveza es la bebida más antigua y difundida del mundo. No se sabe dónde nació, pero de ella se han ocupado arqueólogos e historiadores, siguiendo la ruta que comenzó miles de años atrás en Babilonia, Palestina y Egipto. En México se producía desde la llegada de los españoles, poca y mala, a diferencia de las otras bebidas establecidas en el gusto novohispano. Pero fue hasta el amanecer del siglo XX cuando la cerveza comenzó el recorrido que la llevaría a ser de consumo popular.

Rayando el siglo don Porfirio aceptó apoyar a las cervecerías mexicanas con exenciones fiscales y duplicando los aranceles a la importación: en 1902 una cerveza norteamericana costaba 70 centavos, y una mexicana 15 (una jarra de buen pulque costaba dos centavos). En ese año el salario de un día en la manufactura, rondaba los 45 centavos, y en el trabajo rural, los 25; y era el de la mayoría. La cerveza aún era cara y su producción baja, pero se había abierto camino para hacer de la cerveza un producto de masas. Algunas empresas comenzaron a producir buenas cervezas contratando maestros de Milwaukee o Munich, e importando cebada y lúpulo de buena calidad. Crecieron las que implementaron sistemas mecánicos de producción y envasado a gran escala; depósitos y sucursales regionales, redes de distribución y fábricas de hielo. De las 70 cervecerías registradas en 40 ciudades, sólo nueve producían el 80% del total, y ser hallaban en Toluca, Chihuahua, Monterrey, Orizaba, Guadalajara, Mazatlán, D.F., Cuernava, San Luis y Hermosillo.

En los primeros años del siglo las botellas comenzaron a ostentar corcholata y etiqueta: la Carta Blanca presumía el premio de la feria de Chicago; la nueva Siglo XX fue llamada coloquialmente “dos equis”, y la Cuauhtémoc “la indio”. El apodo se les quedó. También había Sol, Pacífico, Quijote, Saturno, Cruz Roja, Victoria, Conejo, Mestiza, Cruz Blanca, Carta Clara, León, etcétera. Las famosas Corona y Superior aparecerían hasta 1925 y 1938.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “El preciado líquido” del autor Alberto Sánchez Hernández y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 5.

 

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